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Para no morir en el intento La historia de la literatura mexicana, y quizá de la hispanomericana, carece de todo un aparataje industrial que la alimente, es decir, que la profesionalice. En México no se puede enviar un manuscrito a nadie para ser considerado como publicación, salvo que seas de los afortunados en conocer a los tres que parten el queso en las instituciones públicas, ya sea en la UNAM, en el Conaculta o en el Fondo de Cultura Económica. Si careces de semejante roce social es probable que continúes tan inédito como siempre soñaste ser cuando tenías 19 años y te sentías poeta maldito y bien contracultural. Para llegar a las zonas privadas de la cultura mexicana es menester también contar con una habilidad para la plática de salón que está dada, esa sí, por una situación de rancio abolengo y de familia literaria, como varias veces lo ha declarado uno de ellos, en el que descansa la crítica literaria mexicana, Christopher Domínguez. Ese grupo más bien limitado tampoco recibe ...
Historias encontradas Crecer dentro del México de los sesenta era experimentar una serie de infortunios con los que las nuevas generaciones ya no cuentan. Para B. y para mí, ir al cine aún significa salir de paseo, entregarnos a una diversión que tendría que coronarse con alguna degustación de un postre al salir o cuando menos tratar de encontrar lo especial del día en que fuimos llevados al cine. Recuerdo la primera de las películas que fui a ver a un cine que semejaba un castillo en la colonia del Valle. Fui con la sirvienta y el chofer, ellos en clara salida romántica y yo como buen hijo de la servidumbre. El cine estaba adornado con motivos de Disney y sus personajes; era muy común llegar antes de que empezara la película para salir corriendo hacia el frente de la pantalla a tirar patadas voladoras o tratar de golpear a un niño menor que tú. Lo hice durante todas la incursiones al cine y creo que nunca salí golpeado o al borde del llanto. Recuerdo también haber visto e...
Disturbing Interludio Y ahora que me busco, que escucho cómo la voz me habla, que la vacío, que la encierro y después la nublo y hasta la amordazo para que no pronuncie palabra, para que muda se quede, para que dentro de su confusión se estacione, levite en el vacío de un lenguaje que desconoce, porque yo soy el mundo, la totalidad de mis días, el temor de las horas , el mundo que empieza y acaba en mí , el mundo que llevo encima como una piel, pegado, como una risa oculta en las palabras, un mundo del cual yo soy el centro, un mundo donde mudo me aligero, donde mentido acabo en mi lengua retorcido, retorcido me encuentro he dicho, he dicho más cosas y he dicho que acabo con mi lengua llorando, con mi lengua deshecho acabo, contrahecho, malformado, esquelético arrastrando una voz como si fuera un cuerpo que no es mío, doblado, ocultando una voz que fue odio algún tiempo, un movimiento en el aire, tal vez una estocada precisa en el centro de mí mismo, en el universo entero de este cuart...
En tierra de zombies En los años noventa cuando tuve la mayoría de mi formación intelectualosa y sentimental, las películas de Hollywood me eran siempre desdeñables y más que eso, llegaba a juzgar la calidad moral de quienes las veían y se abstraían en una realidad ajena a la suya para vitorear y corear una lengua y una realidad que no eran la suya. Ahora después de casi diez años de estar en Estados Unidos los contenidos hollywoodenses me parecen cada día más cercanos. El hecho de tener hijas nutriéndose de él me ha convertido en alguien mucho más receptivo a sus producciones y sobre todo a sus motivaciones. Aún me siento como extranjero, porque lo soy, y outsider, porque nunca lo he dejado de ser, pero creo poder establecer puentes y conexiones mentales para poder llegar a entender su mundo. Como mi vida siempre ha estado marcada por la ausencia y la huida he tratado de reflexionar sobre el desplazamiento que la motiva. Hasta hace poco creía que ir de lugar en lugar e...
¿Y ahora quién podrá rescatarnos? Hace algún tiempo me propuse escribir sobre lo errático del término de las generaciones. Desde que estamos en este mundo como especie, no hemos podido desmarcarnos de ningún término y menos de la posibilidad de diferenciarnos de los demás. En un principio la identificación con la Generación X de los noventas parecía ser sensata para describir a un adulto contemporáneo que rondaba en los veintes y se acercaba inminentemente al fin de siglo completamente angustiado. Ya he apuntado antes cómo este término no ha podido ser feliz para describir la realidad de mis contemporáneos que experimentábamos tremenda ansiedad cuando tratábamos de situarnos en la vida con algún plan que nos resolviera, si no la vida, sí nuestra posición en ella, en pocas palabras la papita de todos los días. Desgraciadamente son pocos los que hasta ahora se pueden jactar de que están en la vida bien situados, incluso el repudio a un trabajo (o mejor dicho la falta...
De la enseñanza jesuita aún conservo la nostalgia por el dolor y la culpa. Mi educación religiosa ha estado presente durante todas la decisiones de mi vida para guiarme por senderos en los que la culpa y la vergüenza me hacen un ser absolutamente vulnerable. Tal vez por eso escribo. Por tratar de paliar la culpa que me hicieron sentir por mis pecados, por tratar de reconstruir un discurso, o quizás poblar un vacío y llenarlo de palabras que me hagan reimaginar cosas que he vivido y tal vez inventado para poder vivir lo que debí haber vivido. De esa culpa conservo el recuero de muchos a los que he tenido que conocer sin intención de conocerlos, recuerdo fechas y hasta posibles fisonomías de gente que se me ha aparecido como los fantasmas para recordarme que soy parte de su historia personal y que se empeñan en seguir contándome como sus mejores amigos, a pesar de los ya 25 años que median de distancia entre la realidad que fuimos y lo que somos ahora. Me dicen que no he cambiado ...
El horror La política me aburre y me aburre la manera de hacer las cosas que tienen los políticos. Me causa impotencia saber que no puedo hacer nada porque perdería mi tiempo y tal vez hasta llegaría a corromperme con facilidad. Es un trabajo ingrato y como nadie quiere hacerlo llegan los peores. De Haití no tengo nada que decir, salvo que la justicia divina parece estar del lado de quienes más tienen y olvida a los que menos tienen, tal vez a la postre eso sea Dios, la riqueza y la blancura. Aquí Haití recuerda a Nueva Orleans, sobre todo porque los negros se organizaron para tratar de recuperar lo poco que les había quedado, con eso me refiero a la dignidad. Bush no hizo nada porque al final no eran de Estados Unidos; eran de África avecindados en el Sur y al sur al sur… sólo hay leones, animales salvajes. Antes del terremoto Haití no era nada, ni siquiera se sabía que era la misma isla compartida por los dominicanos que gracias al béisbol la gente ha oído hablar de ellos...