jueves, 25 de junio de 2015

Tragedia en Charleston





Alguna vez había escrito que presentía que había algo haciéndome llegar tarde a todo acontecimiento importante del mundo. Ahora la historia me presenta la oportunidad de estar en el centro de una de las infamias más grandes de este país en el que he decidido vivir. El asesinato de nueve afroamericanos en la iglesia AME a manos de un homicida portador de una ideología de supremasismo blanco confederado. Sus víctimas, según revela la prensa, fueron escogidas con premeditación y con un alto sentido simbólico. Dos días después se descubrió que el tipo era parte de un grupo supremasista y que comulgaba con el ideal genocida de eliminar a todos los que no fueran blancos, autonombrándose casi como mártir de la limpieza racial. El símbolo para ello ha sido la bandera confederada que ahora está en la mesa de discusión, más, lamento decirlo, por ser año electoral que por otra cosa.


La suástica nazi y la bandera confederada tienen un nivel semántico de igual valor; ambas representan ideales de exterminio basados en una pseudociencia en que el que ataca es el que se ve amenazado. Sin duda ese aire se respira aquí en Charleston. A casi una semana de que han sucedido los hechos aún no puedo descifrar su impacto en esta cultura. Vivimos en un mundo, especialmente éste de los Estados Unidos, altamente esquizoide, altamente confundido. He leído discursos en los que los de la derecha republicana tratan de deslindarse y otros que afirman que sus creencias deben ser atendidas y que tratan de señalar al culpable como un loco, como una anomalía del sistema. Para algunos incluso que quieren aparecer más como justicieros, claman que el asesino no escogió bien a sus víctimas y que éstas debían ser delincuentes en la calle, no gente en las iglesias. Mi primera reflexión fue hecha por otros: ¿es esto terrorismo? Sin duda estaba aterrado. Ese día fue mi cumpleaños y terminaba de dar clases a las 8 y  media de la tarde. La iglesia está a tres cuadras de la universidad. Pensé en la posibilidad de haberlo visto en la calle. Pensé que si el escenario hubiera sido al revés y el atacante hubiera sido un musulmán automáticamente la palabra terrorista hubiera emergido. Los medio de comunicación la evitaron a toda costa. Fox trató de cubrir el incidente afirmando que era asesinato religioso. Cuando el tipo confesó sus intenciones y su filiación ya no supieron cómo cubrirlo. Sin duda, el valor semántico es lo que aquí se está perdiendo de vista. Esta confusión no es nueva, ni tampoco es producto de algo que no estuviera antes. El racismo es la parte de la historia cultural infame de los Estados Unidos. Lo que sí es nuevo es la manipulación de la que son objeto todos aquellos que se ven traicionados por el sistema buscando culpables para descargar también ese odio. De qué manera sentirse especial si no por el sólo hecho de haber nacido. Si el nacimiento es visto en las doctrinas religiosas cristianas como un regalo de dios, ser blanco sin duda es parte de este favor que las estrellas pusieron para ti. El problema es que eso es todo, hasta ahí llega el favor. Sencillamente porque la ecuación ya es más compleja. Ahora con años de reflexión y de abstracción podemos comprender muchas cosas más. Gracias a los modelos científicos y filosóficos podemos experimentar mucho más las consecuencias de los actos y las circunstancias que se demarcan alrededor de esos hechos. El problema pues es que para llegar a esos niveles hace falta entrenamiento y estudio; y quienes se sienten superiores sólo lo afirman por ser una especie de herencia de la cual se sienten merecedores. Y es que ante tanta confusión no es posible reelaborar nada. El neoliberalismo ha ayudado también a fomentar este sentimiento de “merecimiento” pero con resultados adversos. El estudio de la Ética ha sido reemplazado por versiones religiosas mucho más digeribles donde no se apela a la experiencia ni al razonamiento de por medio para determinar situaciones, como por ejemplo que la desigualdad es la verdadera causa de todo esto, y no en un sentido racial sino en un sentido cultural. Esa misma ideología de extrema derecha está aniquilando la posibilidad de reducir las brechas que afirman diferencias. Es necesario expresar que un símbolo es la corporalización de un comportamiento, de un discurso, que a la postre se entenderá de la forma en la que se exprese. En esos discursos no hay matices, tonalidades en las que se pueda ocultar el verdadero sentido. El amor y el odio son sentimiento excluyentes. Odiar se hace de la misma manera en la que se ama, el problema que para amar hay que sacrificarse y para odiar hay que sacrificar al otro.

viernes, 6 de febrero de 2015

La inminencia del aplauso o la revolución sí será televisada





Uno de los primeros en demandar aplausos fue el comediante Memo Ríos que al terminar cada uno de sus sketches en verso los pedía como fase transicional de uno a otro. Era una especie de válvula de escape que se filtraba después de la presión de contar un mal chiste. Desde entonces pedir aplausos inmerecidos ha sido una costumbre de quienes detentan el poder. Lo que más llama la atención no es que los medios de comunicación ya no aplaudan, sino que el que los necesita los pida de manera pasiva agresiva. Tal vez ahí radique la novedad del aplauso inmerecido, su demanda, su ausencia, su nostalgia. Peña Nieto, como entidad risible en la que se ha convertido, ostenta la necesidad de ser nutrido por el aplauso de otros que nunca han tenido conciencia ética porque nunca había hecho falta. Como argumentan algunos medios internacionales, Peña Nieto no se entera que no se entera, Videgaray se entera pero no le importa porque finalmente sólo juegan con el marcador legal, con la parte que les toca para no infringir una ley que ha sido más doblada que una hoja de origami. El aplauso que pretende ser la ovación del genio reconocido, explosión de júbilo y entusiasmo por el performance, se ha convertido en queja que evidencia el narcisismo de quienes detentan el poder para una cámara, para un reflector, para un país televisado que no tiene correlato con el de la calle. El señor de la casa no se entera porque no es la señora de la casa, porque su casa fue un regalo; y a diferencia de un capitalismo voraz, en el de ese lado, el dinero no lo compra todo, también hace falta buenos amigos.


Peña Nieto ha llegado a la presidencia a través de anacolutos discursivos que lo ponen del lado del ignorante que no desea más que contemplarse para percatarse de que su rostro sigue ahí. Sin libros que mentar, sin referencia de qué echar mano, sin palabras que pronunciar porque sencillamente cuando se sale del script la caga. Sus actos fallidos pues, son el mejor reflejo de lo que una clase en el poder había sido y ahora es: una representación sin aplausos ni risas grabadas que terminen por convencer que el poder se detenta porque así lo quiso Dios. Estos actos fallidos se nos revelan como una batalla por continuar el mundo de privilegios que ya no quieren ceder más. El gobierno reparte televisiones para seguir representando la comedia de sus vidas, la telenovela donde todos son las víctimas de un pueblo racialmente oscurecido que en el color de la piel lleva la marca de su rencor. “Pinches periodistas que no aplauden… por eso los matamos” debería agregar. Las frases fuera del guión han sacado a la luz mundial lo que por tantos años había padecido el gobierno: “qué hacemos con los indios, qué hacemos con los pobres, qué hacemos con la naquiza”. Y sí, como lo ha comentado Lorenzo Meyer, el porfiriato ha vuelto pero no sólo económicamente sino con toda su propuesta positivista y su racismo de baja intensidad (recordemos que Porfirio Díaz se polveaba el rostro para quitarse lo indígena) que busca aislar a la gente de bien mediante enclaves de civilización donde las desigualdades no sólo se hagan más patentes sino que cuenten en la calidad moral y espiritual de aquel que escribe las leyes a su favor. Las leyes no son para plantear una equidad sino para trazar y proteger las diferencias. El problema nunca ha sido legal (la articulación de las leyes está ahí), sino el contenido ético, que algunos para demeritar su sentido humano le llaman civismo. Habría que nombrarlo como debe ser: el problema de México es ético. Esta noción de que el bien común sólo es bien si se refleja en la nómina. Y México, su población, tiene muchos problemas para reconocerlo, desde sus intelectuales que maman del gobierno pensando que están ejerciendo su derecho a ser chingón y que por fin el gobierno se les regresa algo, hasta aquellos que piden dinero por dejarte estacionar en un espacio público, so peligro de poncharte las llantas.  Desde el merecimiento divino hasta la imposición de una renta a fuerza de coacción nos lleva a incrementar las diferencias más y mejor. El problema es ético porque no se le da a cada quien el trato humano que necesita sencillamente porque no se quiere reconocer que para ser humano, como lo ha comentado Savater en sus libros de ética, se necesita dinero. La humanidad no es algo automático que sólo se adquiere a fuerza de existir sino es una condición que no tiene nada que ver con lo espiritual. Ser  humano es ser igual a aquel que puede decidir su futuro y que no se preocupa por alimentarse él mismo o a sus hijos. Ser humano es una relación de horizontalidad no de verticalidad, ni de jerarquías que se estructuran sólo por origen y nacimiento. Por eso, Peña y los suyos o mejor, sus dueños y Peña, se ofenden cuando tienen que justificar la posición que Dios les ha dado. Expresar cansancio no sólo es necesario sino además congruente con un estado de cosas que no dejan de ser engorrosas, por decir lo extremo. El procurador se cansa, el presidente quiere aplausos y Memo Ríos es el único que, al pedirlos, los recibe.

martes, 9 de diciembre de 2014

Los límites del control



Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, dijo una vez Gadamer en 1970. Si consideramos lenguaje como algo abstracto podríamos decir que el hombre, el ser humano, debe tener un sistema de expresión para vincularse con el mundo externo y ese mundo externo es en realidad un mundo interno. Entonces la vinculación con el mundo es una vinculación con uno mismo. Cómo hablarse, cómo dirigirse a cada quien para que las cosas, esas que percibimos, se transformen en instrumentos significativos para cada quien. Escribir pues es recorrerse, explorar el mundo interior para clarificar el exterior. Pero más importante que escribir es leer para así leerse. Sé que en este tiempo mexicano tan convulso hablar de arte y de literatura sin mirar el mundo exterior sólo podría conducir al narcisismo cultural, a un somos mejores que aquellos que no lo hacen. Este cuestionamiento que es más bien ético tendría que validarse de formas distintas y mecanismo que construyan mejores seres humanos. Y una vez más la pregunta es ¿el arte, la literatura, construye mejores seres humanos? Es una pregunta que me hago constantemente, sobre todo cuando veo un desplegado de editoriales como este. Repasar la oferta de los libros es repasar la intimidad de la gente.  Entre los libros más vendidos están los de autoayuda. Escritos que buscan incidir en la conducta y llenar huecos espirituales que todos, estoy seguro, tenemos. Incluso la novelas porno como Cincuenta sombras de Grey nos habla de una carencia que es a la postre espiritual. Así el ser humano con carencias busca en los libros alguna respuesta, alguna forma de dotarle de sentido a todo esto que nos rodea. Algunos se decantan por un solo libro que los contenga a todos como quiso Borges, otros ponderan las religiones y ven en sus libros la única verdad, otros ni siquiera creen en ellos porque no han aprendido a reconocer el valor de lo que existe en detrás de las letras. Dedicarse a la introspección es una actividad que está fuera de los tiempos que corren, lo de hoy es pasar el menor tiempo con uno mismo, lo de hoy es paliar el dolor de existir con uno mismo. Esta introspección debe llevar no a la felicidad, estadio que siempre se confunde con la euforia, sino a la confusión, al malestar, a la incertidumbre. A descubrir la complejidad de cada quien, que es una complejidad lingüística, una ansiedad discursiva de quien pone la vida en oraciones sintácticamente bien construidas. Leer literatura es ordenar sintácticamente un mundo que se nos viene encima, dotarlo de sentido para que no acabe con nuestra esperanza de que todos podemos cambiarlo, de que cada uno de nosotros es capaz de construir uno, de articular uno mediante un lenguaje que nos ha sido entregado al nacer. No el mejor, no el más fuerte ni el más dominante, sino al que tuvimos acceso, al que mamamos del pecho de las madres.

El caso que nos compete ahora en esta mesa es esa aparente dualidad de lenguas. En mi caso no hay tal, escribo en español porque esa fue la lengua en la que me eduqué. Escribo en español porque me cuesta mucho trabajo escribir y hacerlo en otra lengua es infligirme  un dolor más que no quiero experimentar. Sin embargo, escribir en español es un mecanismo de automarginación, de segregación expresiva. Por razones de lectura escribir en español resulta menos redituable que hacerlo en inglés. La industria editorial anglosajona ha controlado la producción y el mercado hasta hacer que leer en inglés sea extremadamente barato (y ahora se extiende hacia el mercado hispanoamericano). Por eso podemos hablar de escritores profesionales que no inciden dentro de la política como la figura del intelectual latinoamericano, que ha tenido que hacerse de otras vías para la subsistencia.

El mundo anglosajón dice que los latinoamericanos sólo hablamos español pero que no leemos, poniendo énfasis también en la utopía del atraso con la que nos contemplan. En México los índices de lectura y de educación lo confirman. En latinoamericana no se lee lo suficiente. Pretender que la lectura no sirve para nada amenaza nuestra interioridad, nos deja a merced de quienes tampoco creen que el mundo se resuelve con ideas sino con balas y fuerza.

Por eso los invito a leerse en el otro, a buscar eso que tienen en el lenguaje, a adentrarse en ustedes, a cambiar el mundo.
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Texto leído en la Feria Internacional del Libro, Guadalajara, México, 2014.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Talking Dead


Desde que se experimentó el horror de las masacres de la segunda guerra mundial y se mostró cómo el odio podía ser vinculado con la política, hemos tenido que preguntarnos como sociedad hacia dónde vamos. Qué clase de futuro tenemos enfrente. En una de las TED talks un fulano argumenta con algún soporte factual que la violencia en el mundo moderno ha disminuido, lo que ha cambiado es nuestra percepción y nuestro acceso a la información sobre ella. Esto podría ser cierto a nivel global donde las muertes por violencia han tomado otros matices y otras carices y se han contabilizado de otra manera o han sufrido el maquillaje político para minimizarlas. En México la percepción de la violencia ha salido de control. Ha tenido un estallido de proporciones mediáticas nunca antes visto. Los medios de comunicación masiva, pero sobre todo el internet y las redes sociales, han servido para que esa percepción de la violencia nos haga sentir su presencia en cualquier lugar al que vamos. Basta con abrir el Facebook o el Twiter para encontrar videos, comentarios, adhesiones, marchas, ya bastas, indignaciones, horrores, poemas a los que no se puede ser inmune. Y no es que se quiera ser inmune a la violencia o al sufrimiento sino que dentro de este escaparate del horror se piensa que lo mejor es no hacer nada, asentir con el alma hecha añicos que sí, que la violencia y la impunidad son la moneda corriente de un México que se nos resquebraja. La pregunta es qué hacer y quién es aquel que lo va hacer. En las mismas redes sociales hay clamores de irse a la lucha, a las armas para sacar a todos los políticos que se han coludido con el narco de alguna forma, que se han enriquecido de manera sospechosa en dos, tres años. Sacar a los políticos que son la misma cara del narco, policías que cumplen con su cometido de recibir órdenes, no sólo de ejecutar, sino de torturar al otro, por el que se siente un profundo desprecio, iguales que no han tomado el mismo camino y han decidido disentir en contra del poder, de la bravura de tenerla más grande porque una AK 47 pude más que una idea de cambio y de libertad a través de la educación. La muerte o mejor dicho la vida no vale nada en México porque eso que se vive allá ha dejado de serlo. Se habla de que el gobierno no es represor y todo el aparato gubernamental se deslinda para acusar al otro partido en ese juego, siempre sucio, de la doble moral. México está descompuesto, ya no es un estado de descomposición, ya el olor a podredumbre dejó el país y se extiende por todo el mundo. La violencia ya no es banal, es la única forma de hacer política. 

viernes, 25 de julio de 2014


Los perros de la decepción




            Leí por primera vez a Rulfo cuando tenía 19 años. Me topé con él más por azar que por un sentido programático en mis lecturas aleatorias y desordenadas. Alguien lo había dejado abandonado en el cuarto de atrás de la casa de mi tía en el Esterito en La Paz. Al buscar privacidad para ir al baño lo tomé al paso (ese baño era el único que podía cerrarse con llave y en la casa sólo había dos para once gentes). Eran sus cuentos. Lo abrí al azar y decidí leer “No oyes ladrar los perros”. Mi decisión se vio reafirmada por esta fobia canina que no me he podido quitar en cuarenta años. Pensé que como Batman había confrontado sus miedos entregándose a su nahual yo podría empezar de alguna manera explorando lo que alguien podía decir sobre perros que ladraban. Los diálogos me parecieron ingeniosos y siempre leí el cuento desde la perspectiva del hijo. La del padre me había parecido ajena. Ahora que ya han pasado más de 20 años desde aquella mañana de verano, he leído el texto desde hace tres años a través de la perspectiva del padre para enseñarlo en mis clases de “Teoría Literaria”. El ansia de la paternidad me ha movido a reconocer tal vez muchas cosas que nunca he revelado a los cuatro vientos: la decepción. Toda paternidad ha sido opacada, en algún momento, por la decepción del hijo. Ya sea abierta o velada, la decepción es parte de esa angustia de ser padre y a veces el padre no puede ocultarla. Cuando se revela físicamente en el rostro del padre, el hijo se siente inadecuado, malquerido, culpable, un fracaso total y desea no haber perdido esa parte del paraíso que su padre veía en él para ser recobrado. En el cuento el hijo no sabe que su padre se decepciona de él al final una vez más al llevarlo cargando al pueblo más cercano para que lo atienda un doctor y no muera. El hijo es un asesino y muere; ya en ello hay una decepción grande. El cuento termina con el reproche del padre “No me ayudaste ni siquiera con la esperanza”. Los perros se oían ladrar en todo lo alto.

            Yo sentí por primera vez la decepción que le hice experimentar a mi padre cuando le dije que quería entrar al Colegio de México a estudiar la carrera de Relaciones internacionales y no pasé del primer filtro. La decepción le inundó el rostro. Me había prometido si pasaba un auto último modelo, un guardarropa nuevo y vacaciones europeas en verano. “Olvídate de todo” me dijo cuando se enteró de que su hijo era lo más cercano que había conocido a un idiota. La segunda decepción fue más radical y llegó cuando lo engañé bajo una serie de artimañas para que pensara que no todo estaba perdido y que aún estudiaría algo de provecho. Hice el examen de selección de la UNAM y quedé en el plantel de la ENEP Aragón. Para entonces ya había aceptado su derrota y decidió mejor reformar a su hijo en desgracia. Mediante conectes logró sacarme de la ENEP a la que, había oído, se tenía que llegar cruzando el aeropuerto hasta llegar a tierras desconocidas. Fui un par de semanas. Después de ser transferido de Aragón a la Facultad de Ciencias Política completé un semestre sin calificaciones dignas de orgullo para un padre. Al terminar el semestre decidí darle una tercera decepción a mi padre. Le dije que estudiaría letras y que haría todo para cambiarme de Facultad. Su rostro fue más escueto que lo que había sido y no me respondió, o si lo hizo no dejó huella en mí. Quería ser escritor y era lo único que se me ocurría que podía estudiar para serlo. Pensé que las negativas y las decepciones que le había causado se traducirían en una inminente confirmación de mi vocación pero sobre todo de mi talento (había visto muchas películas de santos). Ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras al año siguiente. Después de esto mi padre siguió cosechando decepciones de su hijo. Cambié de amistades fresas de San Ángel,  el Pedregal, Tecamalchalco, San Jerónimo y la Del Valle por mariguanos y alcohólicos de Coyoacán, la CTM Culhuacán, Villa Olímpica y Fovissste. Dejé de oír música en inglés que no entendía para oír música en español y bailar folclor como ansioso por encontrar algunas raíces que se me habían perdido en la colonización. Mi padre lo supo y me reprimió. Claramente era un rebelde sin causa y lo único que podía darle eran tristezas y decepciones que nunca acabaron. Me casé con B., una chava mayor que yo de Fovissste, a la puberta edad de 23 y seguí acumulando decepciones en la cuenta de mi padre. Tuve una hija a los ocho meses siguientes y mi vida se me complicó más de lo que alguien de 24 podía querer. No había acabado la carrera y ya tenía esposa e hija. Mi vida claramente iba de pique y todos además lo sabían y le daban la razón a mi padre. La decepción que le causaba no acababa. “Por favor, ya detente, vas a matar a tu padre” me lo advirtió mi madre melodramáticamente.

            Yo sentía que precisamente lo que hacía me indicaba que todo iba conforme a lo planeado. Las dificultades eran el signo inequívoco de que había elegido bien mi destino. Sin embargo mi padre pensaba todo lo contrario. Hace 10 años que ha muerto. Todas mis decisiones eran una especie de puñaladas que le daban ya no dolor sino una tristeza profunda para con las cosas de su hijo. La decepción fue apilándose hasta formar una gran capa que nos aisló el uno del otro. Murió de una úlcera, no de una decepción, aunque mi madre afirme lo contrario. Supongo que al final ya no prestaba atención a lo que hacía yo, para él en realidad yo era un mediocre. Esa palabra siempre fue usada en casa para designar a los faltos de espíritu, a aquellos que no habían podido resolver la historia de la humanidad y se limitaban a ver el mundo en lugar de cambiarlo. Acabé siendo el paradigma de la  mediocridad para mi padre. He continuado cometiendo errores según mi padre, dos hijas más y diez años de miseria extrema; pasé de ser de la élite priista a ser minoría en un país racista. Quiero decir que llegué aquí para estudiar un doctorado pero en realidad llegué aquí escapando de esa visión, de esa condena. No me gusta viajar, ahora lo entiendo. Mis viajes han sido sólo huidas. Lo único que he hecho es huir, huir de él, de mi madre, de la vergüenza de ser un mediocre, huir de todos aquellos a los que pude importarles y nunca me enteré de que podía.

            A veces todavía no puedo evitar sentirme mediocre y darle la razón para ir corriendo a decirle que me equivoqué, buscar su perdón y empezar de nuevo. Entregarme a su guía y hacerlo sentir orgulloso. En esta vida ya no fue. Hablé con él seis meses antes de que muriera en una conversación que no pude sostener. Me sentí culpable de hablarle sobre todo porque no lo había visto desde hacía 3 años y no podía entender una sola palabra de lo que me decía. Decepcioné una vez más a mi madre y por primera vez a la gente a la que no había decepcionado antes. Murió y no fui al entierro. Argumenté problemas de estatus migratorios, pero en realidad fue porque no tenía ni dinero para ir ni ganas de verlo. Me dio vergüenza decirlo; no quería darles la razón de que era un fracasado más y que mi madre hiciera suya la cuenta de decepciones que le había dejado a mi padre. Supongo que la transferencia de adeudos tuvo lugar y que aún se siguen aquilatando.


            Digamos que he porfiado en mis errores. Terminé el doctorado el mismo año en que mi padre murió. Lo supo y lo único que me dijo es que ya me podía reconocer como persona adulta. Cuando me lo dijo me dieron ganas de mentarle la madre y de desconocerlo abiertamente como padre. Para él mi educación seguía siendo mediocre. Había caído en un universidad de la que nadie había oído hablar en un lugar que nadie sabía cómo escribir y mucho menos pronunciar. Qué era eso sino un medio más para comprobar la mediocridad de su hijo. Cuando me aceptaron me preguntó si la universidad era pública o privada. Al ser pública se marcó una raya más en el tigre de la decepción. No supo en donde había encontrado trabajo ni tampoco la manera en la que se divide el trabajo en la academia universitaria. Cuando le dije que tenía el rango de profesor asistente, creyó que ayudaba a alguien y que algún día lo podría hacer solo. Seguro que pensaría, porque yo lo he hecho, que estoy en una universidad mediocre. No sé si ya tanta decepción en mi padre se me haya hecho costumbre y ahora yo mismo soy el que se decepciona de sí mismo porque mi padre ha muerto y ya no está en la línea telefónica para decírmelo. Sin embargo, dentro de toda esa mediocridad que me caracteriza me he seguido sosteniendo, o tal vez sólo me mantengo al margen de aquellos que dominan la marquesina para ser coherente con mi mediocridad. No sé si podría soportar tantas miradas dirigidas hacia mí para tratar de desvalorizar lo que he hecho y que además me ha costado mucho esfuerzo emocional. Tal vez tendría que pagar terapias para poder sostenerme en pie y no empezar a huir más porque me encuentro tranquilo así como estoy, aquí quiero decir, en este mundo, lejos de un lugar del que me dicen que soy y con un padre muerto que no me habla, sin cruzar palabra con mi madre desde hace seis años, expatriado sin ganas de volver, ni de conquistar fama, nombre o entrevista. Sin embargo aún albergo la esperanza de que algún día todo esto que he hecho tenga algún mérito fuera de mi reconocimiento personal. Y es que a veces la mediocridad y la decepción son perros que se oyen ladran desde lejos con temor o con esperanza: fobias de pasados presentes.