lunes, 17 de octubre de 2016

Apocalypses Now


Hacía tiempo que quería dedicar unas líneas de reflexión al fenómeno social del miedo colectivo. Tener miedo implica sentirse vulnerable para atender a la dirección de quien en ese momento detente una figura de autoridad, entregarse a un guía del cual asirse para no perder la fe o el impulso de rescatarse a sí mismo. He vivido inmerso en la cultura gringa desde hace dieciséis años, en los cuales, he sentido precisamente ese miedo que la cultura te trasmite. Siempre me había llamado la atención el consumo y producción de las películas apocalípticas. He podido constatar que dominan el imaginario cultural de este país al que por razones familiares he decidido habitar. En las películas apocalípticas el mundo está en constante fractura y descomposición: se agotan los víveres, el hombre blanco inicia un peregrinaje para llegar a un lugar donde podrá refundar ese mundo destruido por factores externos a su constitución primigenia. Hay una irrupción que obliga a la gente a salir de su organización y de su rutina para convertirse en un sobreviviente nómada que habrá de enfrentarse a una serie de pruebas que busquen resquebrajar su propia naturaleza hasta ser asesinados. Los zombis han sido tal vez el caso paradigmático de esta constante amenaza que el hombre blanco siente hacia el otro. El hecho de que sea a través de un contagio externo nos dice que la amenaza proviene del otro, de aquel que se contagia con el virus y lo trasmite por contacto físico. En suma, es un proceso natural de intercambio por contigüidad con el otro. Sin embargo, el mundo apocalíptico también pude tener otras variantes que a la postre pueden simbolizar esa misma amenaza de lo otro: una amenaza que tiene como final último la destrucción. McCarthy ha planteado, creo yo magistralmente, ese miedo cultural por el mundo apocalíptico. En el peregrinaje desgarrador que inician un padre y un hijo, se puede constatar esa fuerza que busca la terminación de la vida y la desesperación de dejar detrás a un testigo más de la historia universal de la infamia. Sin embargo, esta versión apocalíptica de McCarthy dista mucho de ser el consumo del desastre a la que esta sociedad te expone brutalmente con noticias, conferencias de prensa que parecen más bien dadas al espectáculo que a la verdadera salvaguarda de los ciudadanos.
Todo este gran preámbulo para decir que es temporada de huracanes. Año con año, en el sureste de los Estados Unidos, sobre todo en los puertos, se vive una constante amenaza. Se va generando un miedo constante a una especie de monstruo que aparece y desaparece. Una entidad viva que como alien tiene la posibilidad de arrasarnos y colocar nuestra existencia en vilo. Este año por fin se materializó el monstruo. Supimos de su existencia desde que se formó en los trópicos del océano Atlántico. Como una figura de contención y de alarma el gobierno de los Estados Unidos ha creado el Centro Nacional de Huracanes, oficina especializada en la identificación y análisis de estos seres vivientes que año con año azotan las costas del mundo americano. A la par del gobierno, la televisión tiene un canal dedicado al monitoreo del clima que enloquece con cada contingencia ambiental, el famoso Canal del Clima. Desde él se da seguimiento a todas las posibles amenazas que nos esperan anualmente entre agosto y finales de octubre. Este año el fantasma asomó sus fauces y el NCH trazó una posible trayectoria que indicaba que el monstruo llegaría a convertirse en fuerza devastadora categoría 4 y lo nombraron Matthew. El NCH, temporada tras temporada, prepara una lista de nombres con los que bautiza cada contingencia organizada que rebasa cierta velocidad de vientos, además del contenido de agua que habrá de dejar a su paso. Debo decir que yo no soy nuevo a estos fenómenos atmosféricos. Al ser de la península de Baja California en su parte sur, estoy acostumbrado a sentir esa incertidumbre y esa especie de amenaza, sin embargo, el efecto psicótico que puede causar en la población es completamente distinto. En julio presencié de igual forma un huracán que pasó por la península dejando a su paso viento y lluvias. Fui a hacer investigación sobre unas crónicas del siglo XIX y un buen amigo pasó conmigo unos días que coincidieron con el huracán. Como buen chilango cuando se enteró de la llegada inminente del huracán dos días antes se encontraba muy nervioso y me preguntó que si haríamos compras de pánico. Aún la trayectoria era incierta por lo que para su tranquilidad solo compré un galón de agua y unas galletas. Él insistió en que necesitábamos más por lo que se hizo de una lámpara de mano y una cartera de huevos en el Oxxo más cercano. El ojo del huracán pasó a cien kilómetros de nosotros por el océano Pacífico. Creo que la noche en la que pegaría se alcoholizó para que el final lo encontrara con un desorden de los sentidos. Yo acompañé su borrachera por amistad más que por miedo.  El miedo, sin embargo, muestra el lado de una sociedad en la que el consumo es visto como un derecho y la posesión como una cualidad que cada persona ejerce para marcar su territorio y su personalidad.
Esta vez la amenaza llegó hasta las costas donde habito. El huracán Matthew tenía previsto una trayectoria que impactaría barriendo los cuatro estados del sur de la costa este: Florida, una parte de Georgia, Carolina del Sur y del Norte. Se iría devastando la costa. El primer impacto fue en Haití para luego encontrarse con Cuba, de ahí a las Bahamas, Florida, y las Carolinas. El martes el trayecto y los daños de Haití empezaron a infundir cierto miedo. Ese día tuve clases y en una reunión del departamento se empezó a sentir la fuerza de la irracionalidad y el caos. Hacia las 5 de la tarde se ordenó el cierre de actividades para las seis de la tarde en la universidad, seguido de una orden de evacuación por parte de la gobernadora Nikki Helay. María, mi hija mayor, asomó a mi oficina para comentar el estado de caos en el que estábamos ingresando. Hablamos de posibles planes de evacuación y caminamos hacia una de las calles principales de la universidad donde yo tomaría un autobús urbano para regresar a mi casa. Convenimos que me avisaría si evacuaría conmigo y sus hermanas o con sus amigas de piso. A los 7 de la tarde me avisó que estaba en camino hacia tierra adentro porque sus compañeras no tenían donde evacuar y una de ellas, que vivía en Carolina del Norte, se ofreció a darles hospedaje y comida en los días próximos. Una vez que hube llegado a mi destino en el autobús resolví tomar mi coche para llenarle el tanque. Ya el anuncio de una evacuación inminente había sido difundido por todos los medios por lo que las gasolinerías comenzaron a llenarse. Tardé cerca de una hora en hacer cola para llenar el tanque de gasolina. Traté de comprar agua en tres supermercados pero no encontré por ningún lado. El pánico había escalado resultando en una urgencia por llenar las alacenas de víveres no perecederos. En el último supermercado cerca del departamento que alquilo resolví que debía unirme a la histeria colectiva: al no haber agua compré cerveza, un cartón de agua mineral Topochico con 15 botellas, dos bolsas de papas fritas, una caja tamaño familiar de galletas Ritz y un par de latas de frijoles negros. Me comuniqué con B. para que me revelara sus planes. Me dijo que pensaba evacuar después de oír a la gobernadora. El huracán estaría en tierras gringas a partir del jueves y pegaría el viernes por la noche y en la madrugada del sábado. Le propuse que podríamos evacuar juntos, pensé que las niñas podrían sentirse un poco más seguras con los dos padres y podríamos compartir los gastos. Accedió. Un amigo me llamó para decirme que el centro de Charleston había enloquecido y que llevaba una hora y media metido en su coche sin poder avanzar más que medio kilómetro. Me dijo que no sabía si evacuaría pero que se mantendría en contacto. Hice algunas otras llamadas para corroborar los planes de los demás. Mi amigo Eloy me dijo que ellos no sabían aún qué hacer. Era muy temprano para tomar una decisión. Al llamar una vez más a B. le propuse que esperáramos hasta el jueves para salir. Las mujeres resultan ser más precavidas que los hombres. Supongo que ven más el bienestar de su familia que la necesidad de verse involucradas en una aventura que ponga en riesgo la vida de los suyos. Esperamos hasta el miércoles día en que la estrategia de evacuación de la gobernadora daría inicio. Se cerraría el tránsito hacia el este de la autopista interestatal 26 de manera que hubiera 4 carriles en todo el trayecto hasta la capital del estado, Columbia. Al despertar recibí un mensaje de B. a las 6 de la mañana preguntándome si había visto las noticias. Lo hice antes de contestarle. El huracán parecía que había devastado Haití e iba de camino a las Bahamas para seguir una trayectoria de lo más caprichosa. No tocaría tierra pero se iría costeando. Entraría a las inmediaciones de Florida como categoría 4. Todos los modelos señalaban que pasaría por Charleston y que la fuerza estaría en el cuadrante izquierdo. Le pregunté a B. si ya quería salir. Le recomendé una vez más esperar otro día para estar seguros. Hice reservaciones en Charlotte porque en Columbia no había cuartos disponibles. Claramente había más personas en estado de pánico que yo. En el Facebook comenzó a aparecer una serie de fotos de conocidos evacuando, otros que mandaban saludos desde otros estados ya refugiados. Constantemente había actualizaciones que indicaban las rutas y los peligros que habían encontrado a su paso. Volví a checar las trayectorias propuestas por el NHC para corroborar que habían desviado un poco el ojo del huracán hacia la costa. De acuerdo con el modelo y las estimaciones nos llegaría como categoría 2 o 3. Decidí ir a hablar con B. para llegar a un acuerdo acerca del estado de la casa. Cubrir o no las ventanas. B. estaba resuelta en que debíamos evacuar. Le propuse irnos el jueves por la mañana. El miércoles a las tres de la tarde se abrirían las dos carreteras hasta llegar a Columbia. Al llegar a la casa estaban sintonizando el canal del clima. Creo que fue un error entregarme a los medios masivos de comunicación. Transmitían imágenes de una Haití devastada y tenían “meteorólogos” en cada puerto por los que pasaría el huracán. Los meteorólogos estaban vestidos con impermeables y las imágenes que se mostraban era de un mar embravecido. Los animadores mostraban la debacle, el monstruo en camino a devorarnos. No voy a negar que sentí miedo. Repasaban todas las trayectorias posibles, había como unas doce variantes en varios colores. De esas variantes tres impactaban directamente a Charleston. B. tampoco había comprado agua y prácticamente si nos quedábamos todo podría ser destrucción porque no podíamos conseguir agua. No supe qué pensar una vez más. Irnos o quedarnos era una decisión que debía ponderar. “Yo sí evacúo con mis hijas” me soltó como una advertencia. Resolví ir y salir el jueves por la mañana. Me fui a mi casa y corrí 20 kilómetros para aliviar un poco el estrés que ya empezaba a experimentar. El día se comenzaba a nublar y la gente continuaba evacuando. La carretera fluía y la gobernadora emitía conferencia de prensa cada vez más amenazantes: “A las 6 de la tarde del día de hoy jueves del día de hoy se cerrarán los comercios para que la gente evacúe”. Dejó en claro que no habría primeros auxilios y que se suspendía el servicio 911. Todos debían de movilizarse.
Di mi brazo a torcer y me comuniqué con B. para decirle que salíamos en la mañana del jueves. Salimos en un carro rumbo a tierra adentro a las 9 de la mañana con dirección a Charlotte. Hacía un sol magnífico y la tormenta estaba aproximándose a Florida. Estábamos en lo que literalmente era “una calma chicha”. A la salida nos desviaron por el sentido contrario de la autopista. Era una escena calcada de cualquier película de Hollywood. Una vez en la 26 no había manera de salirse sino hasta llegar a la capital del estado. La gobernadora seguía emitiendo conferencias de prensa en las que le pedía a todo el mundo que no se quedara, porque a partir del jueves a las 6 de la tarde, por orden ejecutiva, se cerrarían todas las tiendas para que el personal evacuara con su familia. Nadie que quisiera ayuda de elementos de protección civil la recibiría, volvía a insistir. En tiempo récord de una hora diez cruzamos Columbia y seguimos rumbo a Charlotte.
Pasamos el día buscando qué comer y tratando de calmar el estado de expectación que se había creado por la evacuación masiva. El hotel estaba abarrotado de gente evacuada. Al día siguiente cambiamos de hotel porque solo había encontrado para esa noche. El nuevo estaba localizado en un área de lo que se conoce como los suburbios, a unos metros de un pueblo construido hacía apenas unos cinco años antes. Tenía una calle principal con todas las tiendas que se encuentran en cualquier centro comercial de cualquier parte del país. La novedad era que arriba de los locales comerciales habían construido una serie de departamentos que se rentaban. De manera que vivir ahí era asegurar caminando lugar para comprar cualquier cosa, comer en cualquier lugar y tomar café de Starbucks. La postal del pueblo parecía salida de algo así como Truman Show. Un amigo me telefoneó para ver si aún seguía con vida. Cuando le dije que el lugar era parecido al lugar donde había crecido Jim Carry, me preguntó que si había ya identificado las cortinas. No exactamente fueron las cortinas; fue más bien en los estacionamientos detrás de los comercios donde pude notar todo lo ficticio del asunto. Ese día había comenzado a llover. Tuvimos problemas con la reservación porque aparentemente no existía en el sistema. Nos dieron lo que un paisano de nombre Juan, quien parecía ser el que más sabía de la situación del pequeño hotel donde nos hospedamos, me reveló eran los cuartos de emergencia. Para fortuna nuestra eran un par de habitaciones recientemente renovadas. Saludé a un par de colegas que el destino y el miedo nos había puesto en el mismo hotel. Pasamos la tarde viendo las noticias y rogándole a Dios que el mundo o Dios o el Diablo no terminara con la casa. A la mañana siguiente nos fuimos al pueblo ficticio donde pasamos todo el día. Nos enteramos que el huracán pegaría como categoría dos. Eso significaba, de acuerdo al canal del clima, que nada se destruiría salvo si un árbol le cayera encima o si algún objeto saliera disparado como proyectil. Hacia el domingo recibimos un mensaje de la vecina de enfrente que había decidido quedarse en el que nos revelaba que la casa seguía en pie. El mensaje fue reconfortante y relajó el estado de angustia en el que me encontraba.

Después de eso pensé en el regreso. Los regresos siempre me han preocupado más que las huidas. Todos emprenderíamos la reconquista de los espacios dejados a la buena de Dios. El viaje de regreso no fue tan coordinado como el de salida. Pensé mientras estábamos detenidos en el tráfico que los regresos son una parte del ser humano que tiene que ver más con la felicidad. Sin embargo, también uno regresa a veces a morir, a diferencia de la huida que es para seguir viviendo. Regresar es aceptar que el tiempo de permanecer en otro lado resguardado de la amenaza del monstruo ha quedado sin efecto, sólo que ahora en el regreso habría que pensar en que habría otras amenazas que habíamos suspendido para recomenzar una vez el juego de huir cuando llegue otro peligro y el apocalipsis nos agarre, esta vez, con un generador de corriente, agua y una alacena llena de galletas.

viernes, 23 de septiembre de 2016




Mother, should I run for president?


Llevo un año en constante relación con la península de Baja California en su parte sur. Volví por varias razones que no me parece pertinente ventilar en este momento. Coincidió en que se avecinaba una elección que sería ganada por el candidato del PAN, hijo del segundo gobernador constitucional por el PRI. En aquella época mi padre había sido figura importante del primer gobierno y se había integrado a otro grupo que pretendía buscar otras posiciones más jugosas en el gobierno del país. Conocí al, ahora llamado, Sr. Gobernador en una fiesta en el DF del círculo sudcaliforniano cuando todos éramos priistas. Dentro de mi rebeldía adolescente absurda (¿qué rebeldía adolescente no lo es?) me pareció que estar en los círculos de la “gente bien” de Sudcalifornia era una pérdida de tiempo. Me decanté por el estudio de la literatura que mi padre nunca comprendió y en ese decantamiento perdí la posición ganada desde la cuna. Volver ahora es estar dentro y fuera: dentro de un sistema que alguna vez conocí bien, pero consciente de que mi lugar ya pasó; ahora no es más que un recuerdo que me queda en la memoria. Volver es comprobar que siempre estamos mal equipados para valorar el resultado de las decisiones que cada uno toma. Aún siento que la política, o eso que llaman política, es una parte de mi construcción. No sé en qué forma o bajo qué esquemas. Mi alejamiento no ha sido sólo de la península sino del país entero. En un periodo de 15 años he vuelto a La Paz una vez, y a México apenas ocho, en ocasiones por 4 días, y sólo una vez, en 2009, por dos meses. Me he abstraído de la realidad nacional y de su cultura, de las pesquisas de todo el mundo y mis amigos; los pocos que tenía han mutado, se han alejado, o nuestra historia ha hecho que la amistad ya sea sólo una parte de los recuerdos de cada uno. De igual manera, la historia de mis amistades ha tenido que ver con la historia de mis soledades. Al irme del país, me fui con B., ahora ex esposa, a continuar dándole rumbo a mi existencia, a tratar de ser consecuente con mis decisiones de alejarme de un ambiente político que acabé repudiando.
El repudio pudo haber sido a nivel ideológico o estético, pero más que todo fue un repudio ético. En mi crisis vocacional mi padre me mandó a platicar con su querido Maestro Laguna que databa de su época universitaria. Vivía en la colonia del Valle cerca del colegio Simón Bolívar. El maestro Laguna, como lo llamaba mi padre, me recibió con diligencia en su despacho, me ofreció una taza de café, mismo que acepté por respeto a la autoridad que tenía en mi padre y que supuse yo tendría que darle. Me preguntó si me gustaba la medicina a lo que respondí que no. A decir verdad nada me parecía interesante, en ese momento de mi vida podría haber estudiado cualquier cosa. Me preguntó si me interesaba la política. Le traté de contestar de manera inteligente: “No creo que el capitalismo sea la solución” dije con aire de superioridad. “Entonces ¿es usted comunista?” me preguntó con respeto y cara lacónica. “Sí” contesté con seguridad. Se quedó unos minutos en silencio como meditando profundamente mi respuesta. Después de ver a su alrededor y sorber de su taza me dijo: “Lo entiendo… Yo si fuera pobre también sería comunista”. La conversación siguió por otros derroteros, su recomendación fue que estudiara derecho porque era una buena carrera para indecisos. Ese episodio se me ha quedado grabado desde entonces. No estudié Derecho pero sí ingresé a la carrera de Relaciones Internacionales en la UNAM donde me aburrí un montón. Cursé un año del currículum con una materia de historia de México, otra de economía, una de redacción y otra de metodología de la investigación. En la que menos me aburría era en la clase de redacción porque teníamos que leer novelas que después no discutíamos. Era la primera vez en la que estudiaba en una escuela pública. Mi padre me dijo que tenía que ir a la UNAM para que conociera al pueblo que habría de gobernar. En efecto, conocí a gente con acentos de lo más pintorescos, salones recargados de alumnos y personal de extracción social pobre. Mi primer amigo manejaba un taxi y tenía acento chilango de película de Cantinflas. Supuse por un tiempo que tener esa clase de amistades era lo que mi padre quería de mí. Hasta ese momento no sabía lo que podía ser la política. Mi padre era muy radical en su visión. Distinguía de dos momentos que no eran compatibles y que el común de sus colegas confundía. Hablaba de la diferencia entre la administración pública y la ciencia política. Clamaba que la gente no entendía esta distinción y que, en realidad, a los políticos, o a aquellos que les gustaba entrar en ese juego, no les interesaba en lo absoluto el servicio público. Decía que lo que les atraía era todo ese proceso de intrigas, descalificaciones y alianza que acompañan a la toma del poder, a su adjudicación y al control de los recursos públicos. Para él, estaba claro, el poder y la administración eran dos cosas muy distintas. El poder es lo que obnubilaba a la gente.
En mi época universitaria tuve un sinnúmero de noches etílicas en las que los integrantes del círculo sudcaliforniano departíamos para ventilar las ideas oídas en casa y “resolver” así los problemas que hicieran de ese estado, casi desconocido, el mejor a nivel nacional. A la distancia todas eran ideas absurdas; creo que lo más desesperanzador de todo esto es que aquellos pares con los que departía, ahora ostentan cargos públicos y puestos de elección popular. Obviamente todas estas ideas, en principio cargadas de buenas intenciones, quedaron en notas de juventud, en ocurrencias de quienes en un principio pudimos creer que nuestros padres eran distintos. Yo creí por muchos años que el mío era el tipo más honesto que había sobre la faz de la tierra. Nunca se me ocurrió cuestionar aquellos vales de gasolina por los que iba semanalmente para repartirlos con mis amigos, mismos que ahora están dentro de la administración estatal con altos puestos y parece que han dejado de serlo. Nunca se me ocurrió pensar que los boletos de avión y los hoteles en los Cabos cargados a cuenta del gobierno fueran parte de ese mundo de corrupción que yo vivían pensando que era parte de los beneficios a los que se tiene por estar dentro de los nacidos para ganar. Nunca se me ocurrió cuestionar las salidas en yate del gobierno ni cuando guardaba las facturas de los restaurantes para que me las pagaran en la “caja chica” de las oficinas de mi padre. Tampoco cuestionaba el uso de carros oficiales de marcas de lujo que mi padre me prestaba para ir a conquistar jovencitas incautas que acababa subiendo al carro del gobierno para irse conmigo a la playa. Eso nunca fue para mí corrupción sino simple uso de los recursos que la vida ponía a mi disposición.
Un año después de haber cursado la carrera de Relaciones Internacionales en la UNAM decidí estudiar literaturas hispánicas, no porque creyera que la filología y las literaturas nacionales fueran lo más importante en la vida, sino porque quería ser escritor. Quería ser libre, debo decir. Quería sentir que me oponía a todo un sistema que empezaba a no cuadrarme. ¿Qué es lo que no me cuadrada? La figura de mi padre como emblema de poder. Decidí que la política me alejaría de ese sentimiento de libertad al que aspiraba. De cualquier manera, la política tampoco era un entramado de ideologías que había que perseguir. En la Facultad de Ciencias Políticas, la ideología que imperaba era la izquierda comunista. Yo apenas me había enrolado en las juventudes revolucionarias priistas más para tener una identificación con la que pudiera charolear que por tener una convicción ideológica. En ese sentido, mi padre argumentaba que la ideología del PRI era la mejor porque era de centro, con políticas sociales. De hecho, alguna vez dentro de mi resistencia a ser su repetidor, tuvimos debates que eran más danzas retóricas que posiciones ideológicas en las que argumentaba que ser militante era votar por el partido sin importar el candidato. Esa era su entrega al sistema. Confiaba en el sistema porque creo que era lo único que se podía hacer en esas épocas de unipartidismo. Meses antes de perder la elección para presidente municipal, candidatura dada como premio de consolación por no haber obtenido la nominación para ser gobernador, supo que ya había sido negociada por quien sí había sido el elegido y que la perdería. Mi madre lo increpó y lo incitó a cambiar de partido. Yo a mis escasos 20 presencié la discusión. Ya estudiaba la carrera de literatura y me había empapado de retórica izquierdista. En ese momento se estaba fundando el PRD de priistas arrepentidos y berrinchudos que acabaron obteniendo todos los puestos de mundo, caso concreto nuestro primer gobernado de izquierda. La respuesta de mi padre fue que a su edad ya era ridículo cambiarse de partido. En ese sentido mi padre no fue un líder nato, más bien era la figura detrás del poder, detrás del poster. No era político, era administrador. Puedo incluso aseverar que era tecnócrata.
En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se ponderaba la ideología de izquierda. Había que estar en contra del sistema represor y entreguista. La ideología marxista era la moneda corriente con la que eras juzgado. Traté de asimilarme lo mejor que pude. Oculté mis conexiones políticas y mi ideología inexistente para tratar de explorar algo con sentido más popular. Fui de esos burgueses que al principio se sintió culpable porque el ataque de izquierda era hacia aquellos con los que había convivido.
Hacia el último año de la universidad conocí a B. Provenía de una clase trabajadora que me hacía sentir, en cierta manera, culpable de todo lo que había tenido, y que al final había desperdiciado. Al descubrir sus ideas de izquierda, más motivadas por la falta de recursos y ese romanticismo que da la literatura donde todo se cuestiona, comencé a cuestionar también mi historia. Había nacido, no sin una lucha de mi madre de por medio para mantener a mi padre en el lecho conyugal, en una cuna que me había brindado una educación lo más privilegiada que me pudo procurar mi madre en su zafiedad y entendimiento provinciano.
Renuncié a mis amistades “de clase” que consideraba de menor valía, o mejor dicho, de menor inteligencia, dado que en esos ambiente se ponderaba muy poco cualquier actividad intelectual y reflexiva. Desgraciadamente la política mexicana, y tal vez mucha del mundo, no insiste en el valor de la educación escolar ni en la cultura como modelo de representación popular. Se prefiere más a un tipo de “extracción humilde” o uno que se contemple a sí mismo como heredero de todo un sistema, alguien que sea percibido como candidato natural, elegido un poco por la mano de Dios. Así los votantes no habrán de cuestionar ni la posición del candidato ni su propia posición dentro del escalafón social. Este sistema ha creado, sobre todo en los países subdesarrollados, un mecanismo de control de castas, de control de sublevaciones, de motines, de marchas, de revoluciones porque la gente, el común, no entiende que el político es una figura de servicio que recibe un sueldo de los impuestos que le quitan, que le imponen, desde el descuento del ISR hasta el IVA en alimentos, bebidas y artículos.
El político es una figura pública no porque sea mejor o porque su cara encuentre un mejor ángulo en la foto, sino porque está en constante escrutinio por ser depositario de una confianza conferida por el votante. Es un contrato de buena voluntad para que aquel que ha sido elegido represente. Pero esto que acabo de escribir sólo es la idealización de un proceso ya más que putrefacto. Confieso que mi activismo político no parte de una idealización del proceso, sino, más bien, de un desencanto y hasta de un cinismo que no ve por dónde tendríamos que transitar para llegar al bienestar social. Y con ello me refiero a la capacidad para reconstruir al ser y dotarlo de humanidad. Porque la categoría de ser humano ha sido secuestrada por el sistema económico que la ha relegado a un territorio moral, a un campo religioso. De ahí que las nociones entre geografía, economía y política se presenten como campos divergentes del conocimiento, cuando nunca lo ha sido. Los límites, el acceso al dinero y los mecanismos por los cuales accedemos a él están construidos por los propios hombres que han levantado murallas y han creado un sistema que se les entrega, no para cambiarlo o reajustarlo en beneficio de una comunidad de extraños, sino para permear a la colectividad de allegados y mantener un status quo en el que sean ellos los mismos que detenten el control del bien público.
En los terrenos de la política estatal prevalece un juego sectario que tiende más al caciquismo, al que los entronados consideran aristocracia por mandato divino. En lo que podría llamar mi Estado, sin que ese posesivo implique ninguna definición de pertenencia, ahora aquellos que toman las decisiones fueron tan familiares que cuesta trabajo pensar que haya algo detrás de ellos que no sea la voluntad por la adjudicación del recurso público a destajo. En otras palabras, tratar de acumular todo lo que puedan para “jubilarse” con tranquilidad. Hasta ahora parece que las segundas generaciones sólo se han concentrado en el arribo a esas posiciones que les prometieron sus padres a través de la herencia directa. Ahora, a la distancia, la política se me revela como un terreno lleno de confusiones. Para mí la política no ha sido más que el territorio en el que se discutían alianzas estratégicas de grupos en el poder que aseguraran una continuidad. Me podría preguntar en este momento si tengo algún interés político de alguna de forma. No sé qué responder. No sé si el haberme ausentado me ha dado una idea errónea, como que ese no hubiera sido mi destino. Por un momento quiero pensar que me interesa el bien público, pero no el poder en el sentido vano del término. Sí, me gustaría que el país, el Estado, dejara de lado la corrupción; sí, me gustaría que hubiera oportunidades educativas para todos; me gustaría una mejor infraestructura educativa, acceso a la lectura, promoción de la lectura no desde las instituciones culturales sino una prioridad en el sistema escolar; me gustaría que se dotara al país de centros culturales y deportivos por zonas; me gustaría que hubiera bibliotecas públicas donde el gobierno invirtiera en un acervo que circulara. Dejar en claro que el énfasis en la lectura no es responsabilidad de las instituciones culturales sino de la educativa. Sin embargo, todos los gobernantes mexicanos predican con el ejemplo el desprecio a la lectura, a la educación, al trabajo intelectual, para favorecer a aquellos que les han favorecido.
Me gustaría sí, dotar a todos de un mundo en el que sólo fuera importante la propia capacidad y que cada quien pudiera ganarse el pan dignamente con las cosas que le placen hacer. Me gustaría, entonces, que el peso de la política se diluyera para dar paso a una especie de paraíso en la tierra. No obstante, eso no parece ser el caso en ningún momento de la sociedad en toda su discurrir porque la historia como afirma Popper y Arendt es la historia de la dominación de unos por otros, la historia de la política.
No soy tan ingenuo para pensar que eso es posible. Creo que, como sistema, el neoliberalismo ha confundido y segregado a la mayoría de la gente. El capitalismo per se nos ha puesto ante un desconcierto mayúsculo. La sociedad de consumo nos cuenta otra historia y dentro de esa historia hay pocos que se benefician y otros tantos que culpan a su propia capacidad, pero no saben que aquellos que poseen la mayoría del capital no son más inteligentes que ellos.  Los privilegiados han sido elegidos por el destino, o Dios, o como quieran llamarle. La realidad viene desde la cuna. Pero ahí es pues cuando uno debe cuestionar por qué ese sistema es el que ha prevalecido, si la riqueza, el dinero, es producto del propio hombre en su vertiente política.
Ya lo decía Savater en algún momento, para ser humano se necesita dinero: ese valor de intercambio con el que podemos tener una estabilidad emocional para poder redirigirla a otros aspectos de la existencia como llegar a ser humano. Pero ahí es donde las religiones, y en particular el cristianismo, han percibido a todos los humanos. Han creado humanos a su imagen y semejanza, de ahí que, si no la tienen, el paradigma y el equilibro se trastoquen. Por ello habría que distinguir varios niveles de humanización: el primero, podría ser el reconocimiento de todo aquel primate bípedo que nazca sobre la faz de la tierra. La religión pretende pasar por válida esta afirmación. Sin embargo, no todo aquel que nace es humano ni tiene las mismas oportunidades reales. ¿En qué grado entonces este humano que nace, por ejemplo, en algún municipio de Oaxaca, puede ser considerado humano en toda la extensión del concepto? El propio cristianismo ha debatido la humanidad de los indígenas en América, a quienes el tribunal de la inquisición les otorgó sólo una edad mental de doce años, estigma con el cual han tenido que luchar los pueblos indígenas y sus descendientes asimilados a las capitales urbanas. Lo mismo ocurre aquí en los Estados Unidos con los afros, donde son objeto de discriminación por aquellos que han ostentado el poder histórico en el país. De ahí que pretender afirmar que humano somos todos es una de las falacias mejores construidas de la política segregacionista cristiana y europeízante, por no decir blanca. Por eso vuelvo a mi pregunta: ¿Qué significado tiene para mí la política si vivo y escribo desde una torre de marfil desde donde confronto ideas y me dedico a pensar el mundo como menos inequitativo? Tal vez lo que quiero decir es que me gustaría cambiarlo, tal vez lo que quiero afirmar es que el problema del ser humano es ético, y que lo que me interesa más es la política vista desde la ética, que no debe de confundirse con la moral. La ética analiza, confronta, dialoga, y resitúa la noción de valor. Porque a la postre es lo que importa. ¿Dónde está el valor de las cosas, el volver sobre una idea, un concepto que no tenga implicaciones mercantiles? Porque pensar que la política es la historia de una lucha es determinar que el poder es lo único que se pondera. Y pienso inevitablemente en la noción de bienestar como paraíso prometido, en el mejoramiento de algo que no está del todo bien planteado. Y esa idea de futuro es la misma que se articula y ha articulado en el discurso de campaña. Nunca ha existido el ahora en la realidad políticamente mexicana, ni federal ni estatal. El futuro es la divisa, porque el futuro nunca se puede confirmar dado que está en el mañana, promesa de algo que nunca sucederá, tan absurdo pero menos eficaz que el “hoy no se fía, mañana sí”.