domingo 18 de octubre de 2009

Wild Pitch, you make my heart bitch


En la noche asesina, y solo en el montículo,

¡qué soledad a veces, Charlie, pavorosa!,


CHARLIE BROWN EN LA LOMA

(TANGO DE OTRO VIUDO)

Eduardo Lizalde

El béisbol es uno de los deportes más agónicos del mundo. Lo practiqué cuando era niño y fue el único que jugué con relativa asiduidad y dentro de una liga por tres temporadas consecutivas: dos con un equipo de perdedores que llamábamos Osos y la última como estrella de Halcones patrocinado por Tubos y Conexiones de Oaxaca, en los que alternaba el picheo con la recepción. Perdí contacto con él después de que no pude contener una barrida en el plato cuando reemplacé de emergencia a otro lesionado en una eliminatoria en Cachanía donde pasaba unas vacaciones de verano. Aquellos guaycuras practicaban una pelota candente y agresiva que contrastaba sobre manera con el fair play que se jugaba en el centro del país. En mi iniciación ritual por el diamante, repasé todas las posiciones hasta llegar a mi coronación deportiva como receptor. En ratos de descanso entre temporada y temporada me dedicaba a ver los partidos comentados magistralmente por el Mago Septiém y el joven y espigado, en aquellos días ochenteros, Tony de Valdés. Había en sus narraciones y acotaciones algo que funcionaba como una especie de justificación del juego. Ahora, después de muchas temporadas en las que he intentado seguir mi afición infantil sin conseguirlo, comprendo el enigma: el béisbol es el único deporte que, por ser antideporte, busca una razón de ser, de permanencia, que cuide, no el deporte en sí mismo, sino su lugar dentro de aquellos que brindan una muerte despiadada para aquel que se acerque a sus campos asimétricos; y es que en el béisbol todos somos espectadores, nadie juega en realidad.













Es un deporte individualista donde el único que juega todo el tiempo sin ensuciarse las manos y lanzar una sola pelota es el manejador octogenario que apenas se mueve. Este personaje al que el Mago siempre aludía como “pensativo”, ostenta siempre un uniforme inmaculado, y si hace frío lleva su chamarra para que la intemperie no le hiele la reuma o el entendimiento. Durante los nueve innings se abraza al poste de la banca en la que se cuelga mascando algo, ya sea chicle, tabaco o mezcalina. Su participación es la única que puede darle el vuelco al resultado de un inning a otro y cuando entra a escena es como si un farón o algún muerto viviente ascendiera desde el dugout para sumir a todos, incluido el mismo cuadro que se pregunta y ahora qué, en la desesperación total, siempre con aires de esperanza. Habla con el pitcher en el montículo y la conferencia parece una secreto, o tal vez una oración, en donde no sabemos en qué lengua en realidad se habla, porque nunca hay un movimiento constante de labios del gran anciano sino gestos encontrados y miradas que lo dicen todo; el manejador limpia la bola para entregársela al relevista y corre con paso seguro de regreso a su escondite rogándole a Dios que su elección haya sido la adecuada.

Una vez más se sume en un mutismo indolente en apariencia para volver a adquirir su intrínseca naturaleza de “pensador”. Este es el deporte en el que más se piensa. Nunca hemos sabido qué es lo que se piensa en realidad, pero sabemos que el mánager, dentro de ese pensamiento, elucubra una serie de acertijos que habrá de resolver para mandar señales a todo el terrero, cuyo desciframiento es el arma secreta de su estilo personal con el que se ordena un sacrificio. Es un juego de sacrificios y de señales que hay que leer; en ese sentido, los demás sólo descifran códigos secretos. Los jugadores son meros instrumentos, camicaces del honor, del verdadero juego articulado por los viejitos de todas las bases que controlan el tráfico y las decisiones fundamentales en los momentos decisivos del partido, allá, afuera del diamante, en donde se decide la vida o la muerte de cada jugador. Por eso, como en otros deportes, no hay un máximo de cambios. Los jugadores entran ya sea a correr, o dar un fly de sacrificio, o a tocar la bola aunque éste persiga el record de jonrones de la temporada. El cuadro juega abierto o cerrado, hacia la izquierda o hacia la derecha dependiendo del bateador en turno para aburrirse en su pradera, en una parada corta o en la primera. Es también el juego del aburrimiento. Es un juego que tiene una tenacidad inquebrantable, la máxima que reza “esto no se acaba hasta que se acaba” no es mera tautología que en algunos deportes suena a cliché, a lugar común de los comentarista deseosos de dejarle al azar los últimos minutos. En el béisbol el juego no se acaba hasta que cae el último out. Cuántos juegos no han cambiado, hecho historia, entre el segundo y el tercer out de la novena entrada. Entre ese segundo y el tercer out,¿cuántos foules distan después de estar en cuenta máxima?, para ponerlo en términos cortazarianos: ¿del ying al yang cuántos eones? Esto no pretende ser una apología de un deporte sino la celebración añeja de un antideporte que practiqué en mi infancia. Soñé con ser lazador de grandes ligas, con ser el catcher de nuestro querido Toro de Etchohuaquila, Sonora, con saludar al Marianito Duncan con la mano en lo alto, después de robarme la segunda base. Fui fan, para mi dicha infantil y desgracia, de los Dodgers de Los Ángeles. Nunca entendí el béisbol como espectáculo snobista sino como lugar para la expectación del siguiente lanzamiento, para la concentración budista de los ojos en alto mientras se lanza la pelota y se imagina el home y la zona de strike. Lo único que quería era contectar un hit, un imparable, que se perdiera en el vacío el left fielder y correr desesperado a tercera para llegar barrido de panza. Sólo quería ensuciarme el uniforme de tierra para que se supiera que sabía cómo leer al mánager. Aún recuerdo la euforia de mi primer hit entre la primera y la segunda; el sonido hueco con el que la bola se encontró con mi bat y mi confusión ante mi hallazgo. Fue un júbilo indescriptible, como ver a Dios en la mitad del mundo.

Años después cuando en aquel desierto no pude proteger el plato porque el enemigo llegó con los spikes de frente y quise salvar mi pellejo, me sentí derrotado y no volví a coger un guante más en la vida. Colgué mi mascota Rauling avergonzado. Mi afición pasiva sólo duró lo que duró la vida de Valenzuela y aquel cuadro de Tommy Lasorda del Dodgers de Los Ángeles. De aquel cuadro recuerdo mi agonía de inning a inning porque el Toro se erigiera con la victoria, mi aflicción ante no poder reconocer su screwball a la distancia y la alegría de los jonrones de Pedro Guerrero.

Ahora que por casualidad he visto a los Dodgers una vez más en la postemporada ante los Phillies, sentí algo, una especie de emoción parecida a la de volver a encontrar a un amor perdido en la lejanía del tiempo y del recuerdo. Lo vi con mezcla de curiosidad y tratando de encontrar cómo había sido que el equipo que yo recordaba ya no existía, así, como se contempla a los viejos amigos nublados por los años. Sentí la angustia de tener las bases llenas, dos outs y al bat un toletero emergente, y sólo estar abajo en la pizarra por una carrera. Experimenté la decepción y el odio hacia el pitcher relevista que fue a la lomita a resolver el problema y salir airoso, sin carrera. Me acordé de esa agonía, de mi angustia beisbolera, pero ahora como parte de la historia de mis frustraciones. Por esa historia y aquel Dodgers de Lasorda busco el homenaje personal al único deporte que de verdad he sentido, del que he sido aficionado y al verlo puedo aún descifrar, gustoso, algunas de sus señales.

domingo 11 de octubre de 2009


Ya está en circulación mi libro de poesía Nauta herido (Rapsodias heroicas) editado por Praxis. Les dejo la portada para que disfruten el trabajo de Javier Muñoz Nájera y un link en donde pueden leer uno de los poemas que conforman el libro: "Tumor acústico". Este poema salió en el Periódico de Poesía de la UNAM en el primer número de su versión digital.

La edición viene acompañada de un comentario de la excelente poeta mexicana Rocío González cuyas palabras transcribo:

"El poemario-viaje oscila entre una poderosa deseperanza y una suavidad escéptica que va encontranto habitantes y los pierde; que entrevé paraísos y los pierde; que articula destinos y los pierde; que comercia con dioses y pierde sus milagros; que cuando tiene, al fin, las palabras justas, opta por el silencio, el gran anhelo, donde cada cosa dicha, cada imagen vivida, cada amor realizado, prefiere la negación, quizá por que en ella arde, trémulo, el poema."

¡No se lo pierdan...!















martes 22 de septiembre de 2009





Leer la tele: House y la casa de los locos


"If you talk to God you're religious. If God talks to you, you're psychotic." [#219] Gregory House



Ver la tele es un proceso complicado, especialmente las historias de gente que no existe y sólo son proceso de ficcionalización; es decir, inventar gente que no existe pero que pudo haber existido para darle al personaje verosimilitud. La apariencia de verdad que se basa en el lenguaje y sus detalles es aquella que nos da la especificidad de cualquier personaje. Entre más detalle tenga nuestro personaje mayor evidencia de su existencia tenemos. Ficcionalizar la vida es también otro proceso complicado que acaba siendo un juego que al final nos divierte pero al mismo tiempo nos aburre por no reconocerla como una vida llena de aquello que vemos en los medios de comunicación. La mayoría de nosotros (aunque incluirme en esta mayoría me dañe el ego porque persigo la fama) somos seres oscuros que no tendremos ni el lucimiento ni la brillantez para salir de nuestro pequeño mundo y proyectarnos hacia fuera para tener el escrutinio de un público, fundamentalmente ignorante. Tal vez por eso ver tele brinda un placer voyerista de inmiscuirnos en vidas que nos son ajenas pero al mismo tiempo tan conocidas que no dejan de filtrarse en nuestras maneras de actuar o de percibir el mundo.

En esos programas encuentro vidas que me parecen más divertidas que otras y episodios que me parecen totalmente sosos o en ocasiones absurdos. Yo fundamentalmente leo la tele. Esto no significa que no la vea sino que la veo con subtítulos y presto más atención, ya por deformación profesional, a las palabras que a las imágenes. A ellas sólo me entrego cuando no veo letras que debo leer. Llevo diez años leyendo la tele, primero lo hice porque cuando recién llegué mi inglés era muy precario y no alcanzaba a entender todo lo que se habla en los programas con velocidad para nativo hablante. Por fortuna la sordos han tenido bastante poder de lobby para hacer que haya una opción en el menú de la tele que active los subtítulos. Ahora ya lo hago por costumbre, e incluso ahora encuentro en los programas de televisión más un ejercicio de lectura que uno de comprensión auditiva. Por eso los programas que más me gustan son aquellos en donde los diálogos, los monólogos y los giros lingüísticos llevan la mayoría de la carga semántica. Sigo sin soportar los programas de acción y aquellos en los que se resuelve un crimen (por lo que tampoco creo que vea mucha tele). Entre los más divertidos discursivamente podría citar, para animadversión de aquellos a los que sean renuentes a las narraciones de médicos, a House, ese doctor internista que se muestra como un genio atormentado, cuya única misión en la vida es salvar vidas mientras se abisma en sus propios demonios interiores.

Ayer vi y leí el primer capítulo de la nueva temporada en el que después de reconocer (al fin y al cabo House es un tipo listo) ya su estado psicótico se ingresa voluntariamente al manicomio. Allí trata de manipular al psiquiatra para voltearle la tortilla, pero como el psiquiatra es otro tipo listo, no se deja y lo vuelve a poner en cintura para que reconozca que sus problemas son un excesivo trabajo que lo aleja de una neurosis ocasionada por sus males emocionales y su infancia pobremente resuelta. Al parecer el padre lo nulificaba y House, en venganza, se dedicó a ocultarse en el Vicodin y en los casos sin resolver para así autoafirmarse. En el manicomio House es otro loco más, sólo que con grado académico, que acaba, en sólo un episodio, por enamorarse, cogerse a la mamá de una loquita, hacerse amigo del loquero, aceptarlo como guía sentimental, cantar rap y, al final, hasta curar a un cuadraplégico, así como despertar a la misma loquita de su autismo con una cajita de música para que toque el chelo. La doñita, amante de House de una sola noche y madre de la chelista autista en cuestión, pretende mudarse a Texas donde está el marido sin decirle, aprovechando que la hija ya está sana . House se entera del desenlace trágico de su amor cuando sale del manicomio por una noche para ir a confrontarse con su amante ocasional a su casa y declararle su pasión otoñal y así estar en sintonía consigo mismo. La amante lo recibe en el porche de su casa para decirle que aquello no puede ser pero que lo extrañará. Asimismo apela a su sentido común, de persona adulta, para que entienda que no puede destruir a una familia ahora que la hija chelista podrá tocar todos los días. House inevitablemente queda herido, pero reconectado consigo mismo y hasta con un amigo psiquiatra por si quiere echar una platicada.

Esta realidad ficcional tiene sus ventajas y está destinada a una serie de altibajos que nunca habrán de consumirse, aunque sí paliarse un poco. Los siguientes capítulos evidencian una recaída a sus viejas conductas de yonki y sabio, aunque tal vez mejor conectado consigo mismo, eso seguro lo tendremos que descubrir en los capítulos subsecuentes.

House finalmente muestra cómo la sabiduría, el estudio y la erudición traen aparejadas dos cosas: la soledad y el cinismo. House antes de hacerse amigo del psiquiatra outsider y afro, tenía otro amigo, un oncólogo de cuya novia se enamoró y suponemos hasta se cogió porque a ella también le latía el cinismo. En el universo housiano todos están solos pero se tienen entre ellos. El nuevo amigo de House ve morir a su padre y lo llama sin pedirle que sean amigos para que le dé una segunda opinión pero sólo como ardid para tener un amigo con quien llorar la muerte del ser querido. House descubre la soledad del nuevo amigo y se queda a acompañarlo para cumplir con su nuevo rol de amigo outsider. Todos en aquella landa housiana y solitaria han optado por la sabiduría y el conocimiento. Conectar con la soledad housiana no es fácil porque lo que emociona de House es no querer ser como él: es decir, un tipo sin sentimientos y sin amigos, pero extremadamente inteligente. Tan es así que nadie de su equipo lo imita y los que por alguna razón se le parecen rectifican para ser más humanos. Sólo lo admiran pero como una especie rara, de esos que hay que sacrificar para que el sistema siga. La siguiente temporada habremos de ver y leer a un House que se tambalea en su propio abismo. ¿Será mejor tener amigos que estudiar? Por supuesto que la pregunta es necia, ya lo dijo un tipo más popular que House, Roberto Carlos “Quiero tener un millón de amigos y así mas fuerte poder cantar”. El estudio invita y condena a la soledad y al manicomio, no hay que olvidarlo. Ver la tele, y sobre todo leerla, es siempre algo peligroso. Stay tuned!

miércoles 2 de septiembre de 2009





Antisociales atrapados por la redes de Cibernia

Me he unido a una campaña que podría parecer un poco anti “avant garde” y "demodé" o, si se prefiere, ultra “avant garde à la mode”, de acuerdo con la posición que se quiera tomar dentro del mundo globalizado. He desactivado mi cuenta en “Facebook” y espero que en un futuro próximo mi nombre sea borrado, si no de su base de datos, sí de los corazones en los que albergaba un recuerdo, tal vez difuso, de lo que fui para ellos. La decisión la tomé no porque consumiera la mayoría de mis ratos libres y dejara todo para el día siguiente por estar viendo a aquellos con los que clamaba amistad. Lo he hecho por una cuestión de pudor. Una vez más la vergüenza me ha ganado y he decidido ausentarme de la exposición baladí que nos otorga ya esa red a la que al principio critiqué y luego sucumbí para “estar en contacto” con mis “amigos”. Aunque al comienzo sí me pareció un buen medio para ver qué hacía fulano un domingo, después me sentí abrumado por la cantidad de amistades que clamaban serlo. Al final por una necesidad exhibicionista me entregué a mandar o recibir invitaciones para ser amigos de gente que sólo había visto una vez, o que eran amigos de mis amigos y que sólo había visto, también, una vez, incluso gente a la que nunca había visto porque las fotos con las que se presentaban eran del perro, del pescadito, de la mano o de alguna parte del cuerpo que creían que los representaba. Así que me encontré siendo amigo de una mano o de un pie en lugar de toda una persona. La mano hacía test de personalidad compulsivamente, abría galletas de la suerte, o presentaba la historia de sus gustos musicales y todos, ya por una especie de etiqueta cibernética debíamos responder a sus gustos con un “like” o no; incluso hasta llegué a ser objeto de burla y escarnio entre redes de amigos de amigos por erratas en mis comentarios que realizaba al vuelo en diferentes lenguas entre clase y clase, sin entender que en realidad mi círculo social ya se había llenado de todo menos de mis amigos. Aunque me enteré de cosas de gente de la que no me quería enterar, también me enteré de cosas que no me importaban y hasta acabé siendo parte de un grupo de fans de un escritor novel que nos decía hasta cuando se tiraba un pedo. Ya en un acto de total demencia acepté alumnos y exalumnos y hasta busqué entre las redes a mis compañeros preparatorianos para descubrir que siguen vivos y que, además de ser parte de mi historia, continúan con sus vidas y siguen siendo amigos. Tal vez mi decepción facebookera parte de la decepción de encontrarme cada día con menos amigos y con menos tolerancia para hacer nuevos, tal vez sea únicamente mi historia de resentido social la que impera cuando de hablar con la gente se trata. Ahora sólo aquellos que quieran saber “what’s in my mind” tendrán que leer esta bitácora que escribo para mí mismo y, de paso, para los pocos amigos que me quedan.

martes 11 de agosto de 2009


Galáctica: Nave de combate

La historia postapocalíptica de la destrucción de las civilizaciones en todas las galaxias gracias a una lucha encarnizada entre Cylons y humanos me ha carcomido el cerebro. Después de pasar casi un año tratando de adentrarme, desde la primera temporada hasta la cuarta, en el universo mental de los Adama y vibrar con los razonamientos esquizoides de Gaius Baltar, sus desplantes infantiles y su necesidad de amancebamiento; exhausto de buscarle un motivo a ese viaje suicida de tirarse en la mitad de, literalmente, el universo y pensar que al final habría una recompensa, algún planeta Tierra o mejor dicho The Earth para tratar de cerrar y completar ese ciclo de violencia alimentado por el resentimiento de las máquinas; abrumado por la retórica mesiánica de Gaius hasta el grado de pretender encontrar una conexión mística con el universo que nos rodea y envidiar el delirio lingüístico mediante el cual Caprica Six había caído en sus deliquios; fascinado por el canto de Mr. Geata una vez que le han amputado la pierna y escandalizado por la osadía de amotinarse, estúpidamente, en contra del Almirante Adama y tomar control momentáneo y esquematizado de Galáctica traicionando la confianza del Almirante por oponerse a pactar con los Cylons y así reestablecer la pureza de encuentros y de razas; derruido por el primer encuentro con una Tierra bombardeada e inhabitable 200 mil años antes; reconfigurado por la angustia de la flota ante ese suicidio que no queríamos ver ni corroborar al que Dualla se entrega después de una cita de amor, o como quieran llamarle, con el rígido Lee Adama y su ética absurda e ingenua; después de haber resumido 4 años de trasmisión en uno solo, en el que no puede ver otra cosa en televisión que no fuera la fealdad de Bill Adama y su pasión otoñal por Laura Roslin, presidenta por accidente de los sobrevivientes al holocausto de las doce colonias después del bombardeo nuclear de Cáprica y corroborar la traición de Gaius; después de creer que Kara Thrace era cualquier cosa antes que un ángel, aunque fuera terrible; desanimado por la fortuna del Chief y su necesidad de afecto o de amor consecuente con el tamaño de su dolor, y de admirar la entrega de Cally después de que una noche el Chief presa de una pesadilla le desfigura el rostro y Cally decidiera entregarse a sus necesidades sadomasoquistas y amarlo aún más, aunque tuviera un hijo con otro sin confesarle al Chief su traición. Desconcertado por el amor que el XO Coronel Tigh le profesaba a Ellen, rubia cincuentona con una libido inextinguible y de su asesinato ejecutado por el propio Tigh en favor de la resistencia en New Caprica, torturado por los Cylons hasta haberle arrancado un ojo y ser un tuerto fugitivo.


Después de convertir mis días en espera ansiosa hacia el próximo episodio y mi delirio por encontrar una alma medianamente racional con quien comentar algún capítulo y hablar de los principios de la String Theory de la física cuántica aventurada en la explicación científica para activar a los Final Fives con la canción "All along the Watchtower" de Hendrix. Después de mucha especulación por la resolución apoteósica que habrían de tener las profecías de los Lords of Kobol para fueran reales pero al mismo tiempo falsas porque todo fue así: real, imaginario, alucinado, fantasioso, absurdo y al final impresionante. Después de que todo eso ya ha pasado, sólo puedo argumentar que estoy solo en el universo y que, todo parece indicar, no somos otra cosa que el drama de unos cylons olvidados en espera de su próximo cataclismo, de su extinción inminente… ¡Todos somos Cylons! (And yes! I know, I'm a fraking freak!)

miércoles 5 de agosto de 2009


El complot existe, siempre ha existido: se llama amiguismo, riqueza, poder, cerdez o como quieran llamarle. ¿Quién podrá rescatarnos? ¿Adónde, adónde está Supercan?


martes 28 de julio de 2009

Sin duda el mundo no es aquello que experimentamos todos los días. Es una representación de un modelo que aún no llegamos a consolidar en nuestro intelecto, por tanto es una entelequia. Suponemos y afirmamos muchas cosas, cosas como las mismas que afirmo yo aquí en este espacio virtual, inexistente con el que pretendo destruir afirmaciones que no me conducen a ningún lugar. El problema real es por qué espero ese movimiento, por qué creo que me conducirán a algún lado, o por qué quiero moverme, para llegar a dónde. Ahora bien, el mundo que contemplo sólo es una clase de mundo al que tengo acceso. Desde mi despacho tengo una ventana a través de la cual veo, cuando estoy aburrido, a la gente que pasa en movimiento deseosa de ir a algún lugar. El movimiento es lo que me interroga ahora. Paso muchas hora sentado frente al monitor de la computadora tratando de dilucidar el movimiento de los subterfugios de mi conciencia y, no conforme con eso, los hago públicos. Cuando menos no soy el autor de holocaustos, asesinatos y robos masificados. Por eso quiero volver sobre las mismas reflexiones que apuntan a la decadencia de la civilización donde sólo somos espectadores de las monstruosidades que pasan todos los días. La cita es del postapocalíptico Jalife-Rahme con quien no puedo estar más que de acuerdo: “El gran mito de la globalización es que no fue una 'globalización' humanista con alcances universales para la mejoría del ser humano y la prosperidad del bien común, sino un vulgar oligopolio financierista primitivo de control mundial por la plutocracia de la banca israelí-anglosajona de Wall Street y la City.” (Jornada, 26/07/2009). La verdad siempre es más, mucho muy vulgar.