viernes, 23 de septiembre de 2016




Mother, should I run for president?


Llevo un año en constante relación con la península de Baja California en su parte sur. Volví por varias razones que no me parece pertinente ventilar en este momento. Coincidió en que se avecinaba una elección que sería ganada por el candidato del PAN, hijo del segundo gobernador constitucional por el PRI. En aquella época mi padre había sido figura importante del primer gobierno y se había integrado a otro grupo que pretendía buscar otras posiciones más jugosas en el gobierno del país. Conocí al, ahora llamado, Sr. Gobernador en una fiesta en el DF del círculo sudcaliforniano cuando todos éramos priistas. Dentro de mi rebeldía adolescente absurda (¿qué rebeldía adolescente no lo es?) me pareció que estar en los círculos de la “gente bien” de Sudcalifornia era una pérdida de tiempo. Me decanté por el estudio de la literatura que mi padre nunca comprendió y en ese decantamiento perdí la posición ganada desde la cuna. Volver ahora es estar dentro y fuera: dentro de un sistema que alguna vez conocí bien, pero consciente de que mi lugar ya pasó; ahora no es más que un recuerdo que me queda en la memoria. Volver es comprobar que siempre estamos mal equipados para valorar el resultado de las decisiones que cada uno toma. Aún siento que la política, o eso que llaman política, es una parte de mi construcción. No sé en qué forma o bajo qué esquemas. Mi alejamiento no ha sido sólo de la península sino del país entero. En un periodo de 15 años he vuelto a La Paz una vez, y a México apenas ocho, en ocasiones por 4 días, y sólo una vez, en 2009, por dos meses. Me he abstraído de la realidad nacional y de su cultura, de las pesquisas de todo el mundo y mis amigos; los pocos que tenía han mutado, se han alejado, o nuestra historia ha hecho que la amistad ya sea sólo una parte de los recuerdos de cada uno. De igual manera, la historia de mis amistades ha tenido que ver con la historia de mis soledades. Al irme del país, me fui con B., ahora ex esposa, a continuar dándole rumbo a mi existencia, a tratar de ser consecuente con mis decisiones de alejarme de un ambiente político que acabé repudiando.
El repudio pudo haber sido a nivel ideológico o estético, pero más que todo fue un repudio ético. En mi crisis vocacional mi padre me mandó a platicar con su querido Maestro Laguna que databa de su época universitaria. Vivía en la colonia del Valle cerca del colegio Simón Bolívar. El maestro Laguna, como lo llamaba mi padre, me recibió con diligencia en su despacho, me ofreció una taza de café, mismo que acepté por respeto a la autoridad que tenía en mi padre y que supuse yo tendría que darle. Me preguntó si me gustaba la medicina a lo que respondí que no. A decir verdad nada me parecía interesante, en ese momento de mi vida podría haber estudiado cualquier cosa. Me preguntó si me interesaba la política. Le traté de contestar de manera inteligente: “No creo que el capitalismo sea la solución” dije con aire de superioridad. “Entonces ¿es usted comunista?” me preguntó con respeto y cara lacónica. “Sí” contesté con seguridad. Se quedó unos minutos en silencio como meditando profundamente mi respuesta. Después de ver a su alrededor y sorber de su taza me dijo: “Lo entiendo… Yo si fuera pobre también sería comunista”. La conversación siguió por otros derroteros, su recomendación fue que estudiara derecho porque era una buena carrera para indecisos. Ese episodio se me ha quedado grabado desde entonces. No estudié Derecho pero sí ingresé a la carrera de Relaciones Internacionales en la UNAM donde me aburrí un montón. Cursé un año del currículum con una materia de historia de México, otra de economía, una de redacción y otra de metodología de la investigación. En la que menos me aburría era en la clase de redacción porque teníamos que leer novelas que después no discutíamos. Era la primera vez en la que estudiaba en una escuela pública. Mi padre me dijo que tenía que ir a la UNAM para que conociera al pueblo que habría de gobernar. En efecto, conocí a gente con acentos de lo más pintorescos, salones recargados de alumnos y personal de extracción social pobre. Mi primer amigo manejaba un taxi y tenía acento chilango de película de Cantinflas. Supuse por un tiempo que tener esa clase de amistades era lo que mi padre quería de mí. Hasta ese momento no sabía lo que podía ser la política. Mi padre era muy radical en su visión. Distinguía de dos momentos que no eran compatibles y que el común de sus colegas confundía. Hablaba de la diferencia entre la administración pública y la ciencia política. Clamaba que la gente no entendía esta distinción y que, en realidad, a los políticos, o a aquellos que les gustaba entrar en ese juego, no les interesaba en lo absoluto el servicio público. Decía que lo que les atraía era todo ese proceso de intrigas, descalificaciones y alianza que acompañan a la toma del poder, a su adjudicación y al control de los recursos públicos. Para él, estaba claro, el poder y la administración eran dos cosas muy distintas. El poder es lo que obnubilaba a la gente.
En mi época universitaria tuve un sinnúmero de noches etílicas en las que los integrantes del círculo sudcaliforniano departíamos para ventilar las ideas oídas en casa y “resolver” así los problemas que hicieran de ese estado, casi desconocido, el mejor a nivel nacional. A la distancia todas eran ideas absurdas; creo que lo más desesperanzador de todo esto es que aquellos pares con los que departía, ahora ostentan cargos públicos y puestos de elección popular. Obviamente todas estas ideas, en principio cargadas de buenas intenciones, quedaron en notas de juventud, en ocurrencias de quienes en un principio pudimos creer que nuestros padres eran distintos. Yo creí por muchos años que el mío era el tipo más honesto que había sobre la faz de la tierra. Nunca se me ocurrió cuestionar aquellos vales de gasolina por los que iba semanalmente para repartirlos con mis amigos, mismos que ahora están dentro de la administración estatal con altos puestos y parece que han dejado de serlo. Nunca se me ocurrió pensar que los boletos de avión y los hoteles en los Cabos cargados a cuenta del gobierno fueran parte de ese mundo de corrupción que yo vivían pensando que era parte de los beneficios a los que se tiene por estar dentro de los nacidos para ganar. Nunca se me ocurrió cuestionar las salidas en yate del gobierno ni cuando guardaba las facturas de los restaurantes para que me las pagaran en la “caja chica” de las oficinas de mi padre. Tampoco cuestionaba el uso de carros oficiales de marcas de lujo que mi padre me prestaba para ir a conquistar jovencitas incautas que acababa subiendo al carro del gobierno para irse conmigo a la playa. Eso nunca fue para mí corrupción sino simple uso de los recursos que la vida ponía a mi disposición.
Un año después de haber cursado la carrera de Relaciones Internacionales en la UNAM decidí estudiar literaturas hispánicas, no porque creyera que la filología y las literaturas nacionales fueran lo más importante en la vida, sino porque quería ser escritor. Quería ser libre, debo decir. Quería sentir que me oponía a todo un sistema que empezaba a no cuadrarme. ¿Qué es lo que no me cuadrada? La figura de mi padre como emblema de poder. Decidí que la política me alejaría de ese sentimiento de libertad al que aspiraba. De cualquier manera, la política tampoco era un entramado de ideologías que había que perseguir. En la Facultad de Ciencias Políticas, la ideología que imperaba era la izquierda comunista. Yo apenas me había enrolado en las juventudes revolucionarias priistas más para tener una identificación con la que pudiera charolear que por tener una convicción ideológica. En ese sentido, mi padre argumentaba que la ideología del PRI era la mejor porque era de centro, con políticas sociales. De hecho, alguna vez dentro de mi resistencia a ser su repetidor, tuvimos debates que eran más danzas retóricas que posiciones ideológicas en las que argumentaba que ser militante era votar por el partido sin importar el candidato. Esa era su entrega al sistema. Confiaba en el sistema porque creo que era lo único que se podía hacer en esas épocas de unipartidismo. Meses antes de perder la elección para presidente municipal, candidatura dada como premio de consolación por no haber obtenido la nominación para ser gobernador, supo que ya había sido negociada por quien sí había sido el elegido y que la perdería. Mi madre lo increpó y lo incitó a cambiar de partido. Yo a mis escasos 20 presencié la discusión. Ya estudiaba la carrera de literatura y me había empapado de retórica izquierdista. En ese momento se estaba fundando el PRD de priistas arrepentidos y berrinchudos que acabaron obteniendo todos los puestos de mundo, caso concreto nuestro primer gobernado de izquierda. La respuesta de mi padre fue que a su edad ya era ridículo cambiarse de partido. En ese sentido mi padre no fue un líder nato, más bien era la figura detrás del poder, detrás del poster. No era político, era administrador. Puedo incluso aseverar que era tecnócrata.
En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se ponderaba la ideología de izquierda. Había que estar en contra del sistema represor y entreguista. La ideología marxista era la moneda corriente con la que eras juzgado. Traté de asimilarme lo mejor que pude. Oculté mis conexiones políticas y mi ideología inexistente para tratar de explorar algo con sentido más popular. Fui de esos burgueses que al principio se sintió culpable porque el ataque de izquierda era hacia aquellos con los que había convivido.
Hacia el último año de la universidad conocí a B. Provenía de una clase trabajadora que me hacía sentir, en cierta manera, culpable de todo lo que había tenido, y que al final había desperdiciado. Al descubrir sus ideas de izquierda, más motivadas por la falta de recursos y ese romanticismo que da la literatura donde todo se cuestiona, comencé a cuestionar también mi historia. Había nacido, no sin una lucha de mi madre de por medio para mantener a mi padre en el lecho conyugal, en una cuna que me había brindado una educación lo más privilegiada que me pudo procurar mi madre en su zafiedad y entendimiento provinciano.
Renuncié a mis amistades “de clase” que consideraba de menor valía, o mejor dicho, de menor inteligencia, dado que en esos ambiente se ponderaba muy poco cualquier actividad intelectual y reflexiva. Desgraciadamente la política mexicana, y tal vez mucha del mundo, no insiste en el valor de la educación escolar ni en la cultura como modelo de representación popular. Se prefiere más a un tipo de “extracción humilde” o uno que se contemple a sí mismo como heredero de todo un sistema, alguien que sea percibido como candidato natural, elegido un poco por la mano de Dios. Así los votantes no habrán de cuestionar ni la posición del candidato ni su propia posición dentro del escalafón social. Este sistema ha creado, sobre todo en los países subdesarrollados, un mecanismo de control de castas, de control de sublevaciones, de motines, de marchas, de revoluciones porque la gente, el común, no entiende que el político es una figura de servicio que recibe un sueldo de los impuestos que le quitan, que le imponen, desde el descuento del ISR hasta el IVA en alimentos, bebidas y artículos.
El político es una figura pública no porque sea mejor o porque su cara encuentre un mejor ángulo en la foto, sino porque está en constante escrutinio por ser depositario de una confianza conferida por el votante. Es un contrato de buena voluntad para que aquel que ha sido elegido represente. Pero esto que acabo de escribir sólo es la idealización de un proceso ya más que putrefacto. Confieso que mi activismo político no parte de una idealización del proceso, sino, más bien, de un desencanto y hasta de un cinismo que no ve por dónde tendríamos que transitar para llegar al bienestar social. Y con ello me refiero a la capacidad para reconstruir al ser y dotarlo de humanidad. Porque la categoría de ser humano ha sido secuestrada por el sistema económico que la ha relegado a un territorio moral, a un campo religioso. De ahí que las nociones entre geografía, economía y política se presenten como campos divergentes del conocimiento, cuando nunca lo ha sido. Los límites, el acceso al dinero y los mecanismos por los cuales accedemos a él están construidos por los propios hombres que han levantado murallas y han creado un sistema que se les entrega, no para cambiarlo o reajustarlo en beneficio de una comunidad de extraños, sino para permear a la colectividad de allegados y mantener un status quo en el que sean ellos los mismos que detenten el control del bien público.
En los terrenos de la política estatal prevalece un juego sectario que tiende más al caciquismo, al que los entronados consideran aristocracia por mandato divino. En lo que podría llamar mi Estado, sin que ese posesivo implique ninguna definición de pertenencia, ahora aquellos que toman las decisiones fueron tan familiares que cuesta trabajo pensar que haya algo detrás de ellos que no sea la voluntad por la adjudicación del recurso público a destajo. En otras palabras, tratar de acumular todo lo que puedan para “jubilarse” con tranquilidad. Hasta ahora parece que las segundas generaciones sólo se han concentrado en el arribo a esas posiciones que les prometieron sus padres a través de la herencia directa. Ahora, a la distancia, la política se me revela como un terreno lleno de confusiones. Para mí la política no ha sido más que el territorio en el que se discutían alianzas estratégicas de grupos en el poder que aseguraran una continuidad. Me podría preguntar en este momento si tengo algún interés político de alguna de forma. No sé qué responder. No sé si el haberme ausentado me ha dado una idea errónea, como que ese no hubiera sido mi destino. Por un momento quiero pensar que me interesa el bien público, pero no el poder en el sentido vano del término. Sí, me gustaría que el país, el Estado, dejara de lado la corrupción; sí, me gustaría que hubiera oportunidades educativas para todos; me gustaría una mejor infraestructura educativa, acceso a la lectura, promoción de la lectura no desde las instituciones culturales sino una prioridad en el sistema escolar; me gustaría que se dotara al país de centros culturales y deportivos por zonas; me gustaría que hubiera bibliotecas públicas donde el gobierno invirtiera en un acervo que circulara. Dejar en claro que el énfasis en la lectura no es responsabilidad de las instituciones culturales sino de la educativa. Sin embargo, todos los gobernantes mexicanos predican con el ejemplo el desprecio a la lectura, a la educación, al trabajo intelectual, para favorecer a aquellos que les han favorecido.
Me gustaría sí, dotar a todos de un mundo en el que sólo fuera importante la propia capacidad y que cada quien pudiera ganarse el pan dignamente con las cosas que le placen hacer. Me gustaría, entonces, que el peso de la política se diluyera para dar paso a una especie de paraíso en la tierra. No obstante, eso no parece ser el caso en ningún momento de la sociedad en toda su discurrir porque la historia como afirma Popper y Arendt es la historia de la dominación de unos por otros, la historia de la política.
No soy tan ingenuo para pensar que eso es posible. Creo que, como sistema, el neoliberalismo ha confundido y segregado a la mayoría de la gente. El capitalismo per se nos ha puesto ante un desconcierto mayúsculo. La sociedad de consumo nos cuenta otra historia y dentro de esa historia hay pocos que se benefician y otros tantos que culpan a su propia capacidad, pero no saben que aquellos que poseen la mayoría del capital no son más inteligentes que ellos.  Los privilegiados han sido elegidos por el destino, o Dios, o como quieran llamarle. La realidad viene desde la cuna. Pero ahí es pues cuando uno debe cuestionar por qué ese sistema es el que ha prevalecido, si la riqueza, el dinero, es producto del propio hombre en su vertiente política.
Ya lo decía Savater en algún momento, para ser humano se necesita dinero: ese valor de intercambio con el que podemos tener una estabilidad emocional para poder redirigirla a otros aspectos de la existencia como llegar a ser humano. Pero ahí es donde las religiones, y en particular el cristianismo, han percibido a todos los humanos. Han creado humanos a su imagen y semejanza, de ahí que, si no la tienen, el paradigma y el equilibro se trastoquen. Por ello habría que distinguir varios niveles de humanización: el primero, podría ser el reconocimiento de todo aquel primate bípedo que nazca sobre la faz de la tierra. La religión pretende pasar por válida esta afirmación. Sin embargo, no todo aquel que nace es humano ni tiene las mismas oportunidades reales. ¿En qué grado entonces este humano que nace, por ejemplo, en algún municipio de Oaxaca, puede ser considerado humano en toda la extensión del concepto? El propio cristianismo ha debatido la humanidad de los indígenas en América, a quienes el tribunal de la inquisición les otorgó sólo una edad mental de doce años, estigma con el cual han tenido que luchar los pueblos indígenas y sus descendientes asimilados a las capitales urbanas. Lo mismo ocurre aquí en los Estados Unidos con los afros, donde son objeto de discriminación por aquellos que han ostentado el poder histórico en el país. De ahí que pretender afirmar que humano somos todos es una de las falacias mejores construidas de la política segregacionista cristiana y europeízante, por no decir blanca. Por eso vuelvo a mi pregunta: ¿Qué significado tiene para mí la política si vivo y escribo desde una torre de marfil desde donde confronto ideas y me dedico a pensar el mundo como menos inequitativo? Tal vez lo que quiero decir es que me gustaría cambiarlo, tal vez lo que quiero afirmar es que el problema del ser humano es ético, y que lo que me interesa más es la política vista desde la ética, que no debe de confundirse con la moral. La ética analiza, confronta, dialoga, y resitúa la noción de valor. Porque a la postre es lo que importa. ¿Dónde está el valor de las cosas, el volver sobre una idea, un concepto que no tenga implicaciones mercantiles? Porque pensar que la política es la historia de una lucha es determinar que el poder es lo único que se pondera. Y pienso inevitablemente en la noción de bienestar como paraíso prometido, en el mejoramiento de algo que no está del todo bien planteado. Y esa idea de futuro es la misma que se articula y ha articulado en el discurso de campaña. Nunca ha existido el ahora en la realidad políticamente mexicana, ni federal ni estatal. El futuro es la divisa, porque el futuro nunca se puede confirmar dado que está en el mañana, promesa de algo que nunca sucederá, tan absurdo pero menos eficaz que el “hoy no se fía, mañana sí”.



jueves, 25 de junio de 2015

Tragedia en Charleston





Alguna vez había escrito que presentía que había algo haciéndome llegar tarde a todo acontecimiento importante del mundo. Ahora la historia me presenta la oportunidad de estar en el centro de una de las infamias más grandes de este país en el que he decidido vivir. El asesinato de nueve afroamericanos en la iglesia AME a manos de un homicida portador de una ideología de supremasismo blanco confederado. Sus víctimas, según revela la prensa, fueron escogidas con premeditación y con un alto sentido simbólico. Dos días después se descubrió que el tipo era parte de un grupo supremasista y que comulgaba con el ideal genocida de eliminar a todos los que no fueran blancos, autonombrándose casi como mártir de la limpieza racial. El símbolo para ello ha sido la bandera confederada que ahora está en la mesa de discusión, más, lamento decirlo, por ser año electoral que por otra cosa.


La suástica nazi y la bandera confederada tienen un nivel semántico de igual valor; ambas representan ideales de exterminio basados en una pseudociencia en que el que ataca es el que se ve amenazado. Sin duda ese aire se respira aquí en Charleston. A casi una semana de que han sucedido los hechos aún no puedo descifrar su impacto en esta cultura. Vivimos en un mundo, especialmente éste de los Estados Unidos, altamente esquizoide, altamente confundido. He leído discursos en los que los de la derecha republicana tratan de deslindarse y otros que afirman que sus creencias deben ser atendidas y que tratan de señalar al culpable como un loco, como una anomalía del sistema. Para algunos incluso que quieren aparecer más como justicieros, claman que el asesino no escogió bien a sus víctimas y que éstas debían ser delincuentes en la calle, no gente en las iglesias. Mi primera reflexión fue hecha por otros: ¿es esto terrorismo? Sin duda estaba aterrado. Ese día fue mi cumpleaños y terminaba de dar clases a las 8 y  media de la tarde. La iglesia está a tres cuadras de la universidad. Pensé en la posibilidad de haberlo visto en la calle. Pensé que si el escenario hubiera sido al revés y el atacante hubiera sido un musulmán automáticamente la palabra terrorista hubiera emergido. Los medio de comunicación la evitaron a toda costa. Fox trató de cubrir el incidente afirmando que era asesinato religioso. Cuando el tipo confesó sus intenciones y su filiación ya no supieron cómo cubrirlo. Sin duda, el valor semántico es lo que aquí se está perdiendo de vista. Esta confusión no es nueva, ni tampoco es producto de algo que no estuviera antes. El racismo es la parte de la historia cultural infame de los Estados Unidos. Lo que sí es nuevo es la manipulación de la que son objeto todos aquellos que se ven traicionados por el sistema buscando culpables para descargar también ese odio. De qué manera sentirse especial si no por el sólo hecho de haber nacido. Si el nacimiento es visto en las doctrinas religiosas cristianas como un regalo de dios, ser blanco sin duda es parte de este favor que las estrellas pusieron para ti. El problema es que eso es todo, hasta ahí llega el favor. Sencillamente porque la ecuación ya es más compleja. Ahora con años de reflexión y de abstracción podemos comprender muchas cosas más. Gracias a los modelos científicos y filosóficos podemos experimentar mucho más las consecuencias de los actos y las circunstancias que se demarcan alrededor de esos hechos. El problema pues es que para llegar a esos niveles hace falta entrenamiento y estudio; y quienes se sienten superiores sólo lo afirman por ser una especie de herencia de la cual se sienten merecedores. Y es que ante tanta confusión no es posible reelaborar nada. El neoliberalismo ha ayudado también a fomentar este sentimiento de “merecimiento” pero con resultados adversos. El estudio de la Ética ha sido reemplazado por versiones religiosas mucho más digeribles donde no se apela a la experiencia ni al razonamiento de por medio para determinar situaciones, como por ejemplo que la desigualdad es la verdadera causa de todo esto, y no en un sentido racial sino en un sentido cultural. Esa misma ideología de extrema derecha está aniquilando la posibilidad de reducir las brechas que afirman diferencias. Es necesario expresar que un símbolo es la corporalización de un comportamiento, de un discurso, que a la postre se entenderá de la forma en la que se exprese. En esos discursos no hay matices, tonalidades en las que se pueda ocultar el verdadero sentido. El amor y el odio son sentimiento excluyentes. Odiar se hace de la misma manera en la que se ama, el problema que para amar hay que sacrificarse y para odiar hay que sacrificar al otro.

viernes, 6 de febrero de 2015

La inminencia del aplauso o la revolución sí será televisada





Uno de los primeros en demandar aplausos fue el comediante Memo Ríos que al terminar cada uno de sus sketches en verso los pedía como fase transicional de uno a otro. Era una especie de válvula de escape que se filtraba después de la presión de contar un mal chiste. Desde entonces pedir aplausos inmerecidos ha sido una costumbre de quienes detentan el poder. Lo que más llama la atención no es que los medios de comunicación ya no aplaudan, sino que el que los necesita los pida de manera pasiva agresiva. Tal vez ahí radique la novedad del aplauso inmerecido, su demanda, su ausencia, su nostalgia. Peña Nieto, como entidad risible en la que se ha convertido, ostenta la necesidad de ser nutrido por el aplauso de otros que nunca han tenido conciencia ética porque nunca había hecho falta. Como argumentan algunos medios internacionales, Peña Nieto no se entera que no se entera, Videgaray se entera pero no le importa porque finalmente sólo juegan con el marcador legal, con la parte que les toca para no infringir una ley que ha sido más doblada que una hoja de origami. El aplauso que pretende ser la ovación del genio reconocido, explosión de júbilo y entusiasmo por el performance, se ha convertido en queja que evidencia el narcisismo de quienes detentan el poder para una cámara, para un reflector, para un país televisado que no tiene correlato con el de la calle. El señor de la casa no se entera porque no es la señora de la casa, porque su casa fue un regalo; y a diferencia de un capitalismo voraz, en el de ese lado, el dinero no lo compra todo, también hace falta buenos amigos.


Peña Nieto ha llegado a la presidencia a través de anacolutos discursivos que lo ponen del lado del ignorante que no desea más que contemplarse para percatarse de que su rostro sigue ahí. Sin libros que mentar, sin referencia de qué echar mano, sin palabras que pronunciar porque sencillamente cuando se sale del script la caga. Sus actos fallidos pues, son el mejor reflejo de lo que una clase en el poder había sido y ahora es: una representación sin aplausos ni risas grabadas que terminen por convencer que el poder se detenta porque así lo quiso Dios. Estos actos fallidos se nos revelan como una batalla por continuar el mundo de privilegios que ya no quieren ceder más. El gobierno reparte televisiones para seguir representando la comedia de sus vidas, la telenovela donde todos son las víctimas de un pueblo racialmente oscurecido que en el color de la piel lleva la marca de su rencor. “Pinches periodistas que no aplauden… por eso los matamos” debería agregar. Las frases fuera del guión han sacado a la luz mundial lo que por tantos años había padecido el gobierno: “qué hacemos con los indios, qué hacemos con los pobres, qué hacemos con la naquiza”. Y sí, como lo ha comentado Lorenzo Meyer, el porfiriato ha vuelto pero no sólo económicamente sino con toda su propuesta positivista y su racismo de baja intensidad (recordemos que Porfirio Díaz se polveaba el rostro para quitarse lo indígena) que busca aislar a la gente de bien mediante enclaves de civilización donde las desigualdades no sólo se hagan más patentes sino que cuenten en la calidad moral y espiritual de aquel que escribe las leyes a su favor. Las leyes no son para plantear una equidad sino para trazar y proteger las diferencias. El problema nunca ha sido legal (la articulación de las leyes está ahí), sino el contenido ético, que algunos para demeritar su sentido humano le llaman civismo. Habría que nombrarlo como debe ser: el problema de México es ético. Esta noción de que el bien común sólo es bien si se refleja en la nómina. Y México, su población, tiene muchos problemas para reconocerlo, desde sus intelectuales que maman del gobierno pensando que están ejerciendo su derecho a ser chingón y que por fin el gobierno se les regresa algo, hasta aquellos que piden dinero por dejarte estacionar en un espacio público, so peligro de poncharte las llantas.  Desde el merecimiento divino hasta la imposición de una renta a fuerza de coacción nos lleva a incrementar las diferencias más y mejor. El problema es ético porque no se le da a cada quien el trato humano que necesita sencillamente porque no se quiere reconocer que para ser humano, como lo ha comentado Savater en sus libros de ética, se necesita dinero. La humanidad no es algo automático que sólo se adquiere a fuerza de existir sino es una condición que no tiene nada que ver con lo espiritual. Ser  humano es ser igual a aquel que puede decidir su futuro y que no se preocupa por alimentarse él mismo o a sus hijos. Ser humano es una relación de horizontalidad no de verticalidad, ni de jerarquías que se estructuran sólo por origen y nacimiento. Por eso, Peña y los suyos o mejor, sus dueños y Peña, se ofenden cuando tienen que justificar la posición que Dios les ha dado. Expresar cansancio no sólo es necesario sino además congruente con un estado de cosas que no dejan de ser engorrosas, por decir lo extremo. El procurador se cansa, el presidente quiere aplausos y Memo Ríos es el único que, al pedirlos, los recibe.