martes, 10 de enero de 2017

Mirreynato

Confesiones de un Mirrey peninsular




He sido un mirrey y esto debo confesarlo ya con vergüenza. Tal vez lo hago sólo para decirlo porque de ese mirrey que fui ya no queda nada, salvo el recuerdo de mi propia conducta. Antes nos decían “juniors”, “hijos de papi”, “influyentes” o “pirrurris”. Teníamos a disposición choferes, gasolina, coches último modelo, yates, viajes en avión, restaurantes, putitas privadas, casas de citas, playas con acceso restringido, fiestas escandalosas, vacaciones pagadas en Los Cabos, acceso a todos los “antros de moda” --donde comprábamos botellas de lo que hubiera más caro--; teníamos dinero, sí; pero sobre todo teníamos impunidad. La Paz era nuestro parque de diversión y en él deambulábamos a todas horas buscándonos para tomar algo o buscar a quien nos cogíamos. Nuestro trabajo era saludar a la gente y exhibirnos en los antros para ser admirados como realidades inalcanzables. Mi hobby era el vino y eso era demasiado sofisticado para los demás por lo que de “mamón” no me bajaban. Fui el mamón de los privilegiados (de hecho, esta percepción de mis antiguos amigos se reajustó y ahora me creen demasiado exótico, resultado posible en un mirrey mamón). En verano y en semana santa, le pedía a mi papi que me prestara el yate del gobierno e invitaba a las que nos queríamos coger para verlas en bikini y hacernos después alguna puñeta en su honor. Salíamos a pescar con tripulación que hacían todo el trabajo por nosotros para que sólo nos dedicáramos a ponernos pedos. Los demás mirreyes me percibían como fuera de la norma. Sin embargo, estaba siendo cortado con la misma tijera. Desdeñaba al resto de la población y no veía en ella ningún valor que no fuera como proveedores de un servicio. Cuando terminé la prepa, en la única particular donde íbamos todos los niños bien, me fui a vivir al DF porque mi papi quería que entrara a la UNAM para conocer al pueblo que iba a gobernar y me sensibilizara un poco. Debía estudiar Derecho porque esa era la carrera que me llevaría a la cima del poder. Me enrolé en el PRI a los 17 años y atesoraba la credencial como mi boleto hacia el futuro. Estaba convencido de que debía superar a mi padre y su currículum resultaba bastante abultado por lo que debía apuntar a un desempeño más sostenido desde muy joven. Debo decir también que yo era el único mirrey que estudiaba y, además, leía (situación que contribuía en mi fama de raro); los demás se dedicaban a copiar mi tarea y me suplicaban que les pasara las respuestas de los exámenes. A veces accedía y a veces no. Me gustaba castigar su estupidez y eso me hacía sentir más poderoso que ellos. Mi padre tenía el control político del estado y me gustaba sentir que yo tenía ese mismo control sobre los otros mirreyes. Me divertía pendejearlos, situación que incomodó a un par por lo que terminé en el suelo en varias ocasiones ya que el whisky y la coca los había desinhibido. Siempre argumentaron disputa de mujeres. Situación por lo que no podía vengarme. (Las mujeres resultaban ser territorio privado infranqueable). Los que estudiaban eran los provenientes de una clase media más o menos consolidada y los hijos de algunos profesionistas con prácticas privadas o pequeños comerciantes. Entre más grande y ostentosa era la casa menos se estudiaba. Para qué hacerlo. Todos teníamos claro que estudiar no era lo determinante en la posición que se tenía. Nuestra situación, estaba claro, era algo que llevábamos en la sangre, algo que nadie podía arrebatarnos, inherente, una aristocracia que habíamos recibido por gracia divina al momento de nacer. Estudiar era una mera distinción que estaba más cercana a la perversión. Por eso siempre me maravillaba al encontrar alguien como yo (si es que los hallaba porque fueron casos muy contados). Los percibía más como curiosidad que como poseedores de una inteligencia que los llevaría hacia otros lados. La mayoría de esos pocos eran parte de la iniciativa privada que tenía un destino trazado de igual manera y ahora son gerentes de mueblerías, industrias forrajeras, refresqueras y constructoras. De los hijos de la clase política sólo recuerdo a dos; uno optó por no seguir los pasos de su padre y exiliarse de todo el ámbito estatal para dedicarse a exportar frutas y verduras al mundo desde Guadalajara. La otra persona fue mi novia de la prepa, cuyo padre no era de la clase política per se, pero aspiró a serlo con mediano éxito. Ella tampoco quiso ser parte de la red social porteña, a diferencia de su hermano que sí ha tratado de avanzar socialmente. Ella había leído algunos libros y era lo más cercano que conocí con otros intereses menos superficiales. Esa fue mi vida de los 15 a los 20 en los que acumulé animadversiones, envidias y no conservo ningún amigo. Tuve que cortar de raíz con esa vida. Ser mirrey cansa, sobre todo si comienzas a proyectar tu vida a futuro y a darte cuenta que esa gente con la que convivía habría de ser con la que tendría que tratar por el resto de mis días. Recuerdo que esa idea fue desoladora y la tuve precisamente en mis años de ambivalencia profesional cuando asistía a la UNAM y comencé, por rebeldía, la carrera de Relaciones Internacionales, sólo porque mi padre me había regalado un viaje a Europa por dos meses y tres países distintos y descubrí que me gustaba viajar por el mundo donde no hubiera gente pobre. Mis pares me integraron al Círculo Sudcaliforniano al que asistía porque mi padre me lo recomendaba con estas palabras: “Serán tus futuros compañeros de trabajo. Es aquí cuando tienes que comenzar a ver hacia dónde vas”. Lo único que sabía es que los demás mirreyes me cagaban. Opté por huir de todos ellos y decepcionar a mis padres. Tomé tres años en cambiar de ruta. No puedo decir que aún no tenga desplantes de privilegiado que trato de controlar. Desde esos momentos tuve la certeza de que algo errado se gestaba dentro de esta sociedad, donde la injusticia estaba presente simplemente porque el resentimiento hacia mis pares crecía y no había ninguna justificación para que las cosas se sucedieran de otra manera. La inteligencia no era nada ni conduciría a ningún lado (quien se hizo merecedora del premio de mejor alumno de generación, que no me quisieron dar por arrogante y mamón, se lo dieron a la hija de un dentista que ahora vende Mary Kay, por ejemplo).
Por qué entonces trato de olvidar esos momentos y vivir como si nada hubiera pasado. La respuesta es porque ya el tiempo me ha ganado y ahora el pasado privilegiado me avienta una vez más a contemplar esos días cuando defraudé a mi familia para dedicarme a cosas que me enriquecieran el alma más que el bolsillo. Ahora empiezo a ver cómo aquellos con los que conviví en mi educación básica y preparatoriana encabezan las listas de los que buscan conducir (hacia el barranco) a un país en emergencia que mi padre junto con sus secuaces empezaron a joder. Debo decir que conozco y he interactuado con todos los que encabezan los posibles puestos de elección popular y los que controlan el poder priista y panista en mi estado. En este momento en que se gesta el cambio generacional y los amigos de mi padre se están muriendo, sus hijos son los que reclaman un linaje, un destino de ser aquellos que reinen en Baja California Sur. Al candidato del PAN, hijo del segundo gobernador del estado, lo vi en muchas ocasiones, pero no era parte de mi generación, es mayor que yo por 5 años. Es parte de esa generación que he llamado “los cachunes”. Lo conocí años después en las fiestas del Círculo y en otras que se improvisaban en departamentos de la colonia Del Valle, Coyoacán , San Ángel y San Jerónimo. Mi único amigo de la prepa, que hizo carrera y conexiones bajo la tutela de mi padre también en el DF, ahora es el coordinador de su campaña y todo parece indicar que ganará la elección. El candidato del PRI es nieto de quien fuera mi padrino de bautizo, mismo que impulsó la carrera política de mi padre a los 36 años de edad. Mi hermana menor, ya una vez postulada por el PANAL de manera fortuita e inesperada al ir a comprar tamales para la fiesta de la candelaria en la que se encontró al representante del PANAL en el estado, amigo suyo en la prepa, declinó su candidatura hace tres años, semanas antes de comenzar la campaña por presiones de un primo para que no le quitara votos al candidato del PAN.
Un compañero de la prepa con mediocre desempeño académico que organizaba las actividades sociales y cuyo máximo logro fue organizar el baile de graduación en el Club Palmira, es ahora Secretario y su nombre ha aparecido en un artículo en SinEmbargo (http://www.sinembargo.mx/13-09-2014/1091310) como paradigma del comportamiento mirrey de sus hijos (del tal palo tal astilla). También se ha filtrado su nombre en las conversaciones telefónicas donde el candidato del PAN le pide que pague encuestas con dinero público en las que sale favorecido. Cuando comencé a ser crítico de las acciones y actitudes de quienes conocía me reprendieron con un “no le des de patadas al pesebre”. Mis pares me tildaron de izquierdoso pero la izquierda nunca no me incorporó a sus filas. Era demasiado peligroso e incluso creían que podía ser espía.
Finalmente, mi vida de privilegios había salido de ese muladar y sin ellos mi vida no hubiera podido darme la estabilidad económica para detenerme a contemplarla. Aunque mi padre era visto (tal vez por mis familiares solamente) como algo de lo menos corrupto, fue durante su pináculo que encarcelaron a los hermanos del gobernador por narcotráfico, amigo suyo cuya hermana se había casado con su hermano, en otras palabras, los hermanos de mi tía.
Tal vez mi indignación sea mayor que el común de los mexicanos cuando veo los desfiguros de los que fueron mis amigos y compañeros de infancia y adolescencia. Es probable que incluso lo que sienta esté más del lado de la envidia.

Haberlos conocido e identificarlos ahora como líderes de una población sumida en el analfabetismo, la pobreza, la falta de servicios, la carencia de escuelas, el desdén por la lectura, alejados de todos creyendo que están ahí porque era su destino y son parte de una casta política, me revuelve el estómago. (Esa actitud está en el candidato del PAN y del PRI). No pueden contemplar, como el candidato priista, su propio flujo de ideas ni recordar la oración anterior para decir la verdad cuando lo que quería era ocultarla (“Que no quepa la menor duda de que los fondos de mi campaña provienen del crimen organizado”). La pregunta es entonces por qué si todos sabemos que la llamada clase política es incompetente, por qué no hay mejores hombres dentro de sus filas. La respuesta la he esbozado con todo la anterior: porque es una actividad deleznable que te pondrá en contacto con lo peor de la humanidad: el narcotráfico, la impunidad, el crimen, la trata de personas, los sobornos, la impunidad y amenazas de muerte; porque alguien con cerebro sabe que es demasiado lo que se pierde; porque no hay herramientas para combatir desde un terreno legal la corrupción, porque las instituciones han sido completamente secuestradas por el crimen; porque el narcotráfico y la sociedad de consumo han desvirtuado el concepto de valor por el de precio. Porque el consumo pone precios a cosas sin valor real y confunde a la civilización porque cree que el dinero todo lo compra y hemos suspendido nuestro discurso interior. Prueba de ellos son las conversaciones que el candidato del PAN tuvo con un colega suyo que le dice que alguien contribuirá en su campaña con 6 kilos al mes, durante los meses que dure la campaña. El pago será determinado por aquel que hace la oferta, a lo que expresa el candidato “¡Pues está a toda madre!” “Sí, ¡con madre!” le contesta su colega. Todo parece indicar que son 6 millones (¿pesos o dólares?) al mes. Eso lo colocará en una posición de negociación de aquel que ha aportado tal regalo. Pensar en un asunto relacionado con el crimen organizado es la opción más lógica. Es ahí pues donde lo que está en juego sólo es la posición de aquel que creen merecerla por vía divina. Lo importante es que los suyos recobren eso que se les había ido antes de que el clan sin pedigrí “secuestrara” a la gente bien. Años en los que los otros también se dedicaron a hacer lo mismo que habían hecho los primeros subrayando que se llega ahí para enriquecerse a como dé lugar. De ahí que la política no tenga nada de noble, que nadie con ética quiera aspirar a todo esto. No creo que sólo somos un estado fallido. México a estas alturas es ya una cultura agonizante.

lunes, 17 de octubre de 2016

Apocalypses Now


Hacía tiempo que quería dedicar unas líneas de reflexión al fenómeno social del miedo colectivo. Tener miedo implica sentirse vulnerable para atender a la dirección de quien en ese momento detente una figura de autoridad, entregarse a un guía del cual asirse para no perder la fe o el impulso de rescatarse a sí mismo. He vivido inmerso en la cultura gringa desde hace dieciséis años, en los cuales, he sentido precisamente ese miedo que la cultura te trasmite. Siempre me había llamado la atención el consumo y producción de las películas apocalípticas. He podido constatar que dominan el imaginario cultural de este país al que por razones familiares he decidido habitar. En las películas apocalípticas el mundo está en constante fractura y descomposición: se agotan los víveres, el hombre blanco inicia un peregrinaje para llegar a un lugar donde podrá refundar ese mundo destruido por factores externos a su constitución primigenia. Hay una irrupción que obliga a la gente a salir de su organización y de su rutina para convertirse en un sobreviviente nómada que habrá de enfrentarse a una serie de pruebas que busquen resquebrajar su propia naturaleza hasta ser asesinados. Los zombis han sido tal vez el caso paradigmático de esta constante amenaza que el hombre blanco siente hacia el otro. El hecho de que sea a través de un contagio externo nos dice que la amenaza proviene del otro, de aquel que se contagia con el virus y lo trasmite por contacto físico. En suma, es un proceso natural de intercambio por contigüidad con el otro. Sin embargo, el mundo apocalíptico también pude tener otras variantes que a la postre pueden simbolizar esa misma amenaza de lo otro: una amenaza que tiene como final último la destrucción. McCarthy ha planteado, creo yo magistralmente, ese miedo cultural por el mundo apocalíptico. En el peregrinaje desgarrador que inician un padre y un hijo, se puede constatar esa fuerza que busca la terminación de la vida y la desesperación de dejar detrás a un testigo más de la historia universal de la infamia. Sin embargo, esta versión apocalíptica de McCarthy dista mucho de ser el consumo del desastre a la que esta sociedad te expone brutalmente con noticias, conferencias de prensa que parecen más bien dadas al espectáculo que a la verdadera salvaguarda de los ciudadanos.
Todo este gran preámbulo para decir que es temporada de huracanes. Año con año, en el sureste de los Estados Unidos, sobre todo en los puertos, se vive una constante amenaza. Se va generando un miedo constante a una especie de monstruo que aparece y desaparece. Una entidad viva que como alien tiene la posibilidad de arrasarnos y colocar nuestra existencia en vilo. Este año por fin se materializó el monstruo. Supimos de su existencia desde que se formó en los trópicos del océano Atlántico. Como una figura de contención y de alarma el gobierno de los Estados Unidos ha creado el Centro Nacional de Huracanes, oficina especializada en la identificación y análisis de estos seres vivientes que año con año azotan las costas del mundo americano. A la par del gobierno, la televisión tiene un canal dedicado al monitoreo del clima que enloquece con cada contingencia ambiental, el famoso Canal del Clima. Desde él se da seguimiento a todas las posibles amenazas que nos esperan anualmente entre agosto y finales de octubre. Este año el fantasma asomó sus fauces y el NCH trazó una posible trayectoria que indicaba que el monstruo llegaría a convertirse en fuerza devastadora categoría 4 y lo nombraron Matthew. El NCH, temporada tras temporada, prepara una lista de nombres con los que bautiza cada contingencia organizada que rebasa cierta velocidad de vientos, además del contenido de agua que habrá de dejar a su paso. Debo decir que yo no soy nuevo a estos fenómenos atmosféricos. Al ser de la península de Baja California en su parte sur, estoy acostumbrado a sentir esa incertidumbre y esa especie de amenaza, sin embargo, el efecto psicótico que puede causar en la población es completamente distinto. En julio presencié de igual forma un huracán que pasó por la península dejando a su paso viento y lluvias. Fui a hacer investigación sobre unas crónicas del siglo XIX y un buen amigo pasó conmigo unos días que coincidieron con el huracán. Como buen chilango cuando se enteró de la llegada inminente del huracán dos días antes se encontraba muy nervioso y me preguntó que si haríamos compras de pánico. Aún la trayectoria era incierta por lo que para su tranquilidad solo compré un galón de agua y unas galletas. Él insistió en que necesitábamos más por lo que se hizo de una lámpara de mano y una cartera de huevos en el Oxxo más cercano. El ojo del huracán pasó a cien kilómetros de nosotros por el océano Pacífico. Creo que la noche en la que pegaría se alcoholizó para que el final lo encontrara con un desorden de los sentidos. Yo acompañé su borrachera por amistad más que por miedo.  El miedo, sin embargo, muestra el lado de una sociedad en la que el consumo es visto como un derecho y la posesión como una cualidad que cada persona ejerce para marcar su territorio y su personalidad.
Esta vez la amenaza llegó hasta las costas donde habito. El huracán Matthew tenía previsto una trayectoria que impactaría barriendo los cuatro estados del sur de la costa este: Florida, una parte de Georgia, Carolina del Sur y del Norte. Se iría devastando la costa. El primer impacto fue en Haití para luego encontrarse con Cuba, de ahí a las Bahamas, Florida, y las Carolinas. El martes el trayecto y los daños de Haití empezaron a infundir cierto miedo. Ese día tuve clases y en una reunión del departamento se empezó a sentir la fuerza de la irracionalidad y el caos. Hacia las 5 de la tarde se ordenó el cierre de actividades para las seis de la tarde en la universidad, seguido de una orden de evacuación por parte de la gobernadora Nikki Helay. María, mi hija mayor, asomó a mi oficina para comentar el estado de caos en el que estábamos ingresando. Hablamos de posibles planes de evacuación y caminamos hacia una de las calles principales de la universidad donde yo tomaría un autobús urbano para regresar a mi casa. Convenimos que me avisaría si evacuaría conmigo y sus hermanas o con sus amigas de piso. A los 7 de la tarde me avisó que estaba en camino hacia tierra adentro porque sus compañeras no tenían donde evacuar y una de ellas, que vivía en Carolina del Norte, se ofreció a darles hospedaje y comida en los días próximos. Una vez que hube llegado a mi destino en el autobús resolví tomar mi coche para llenarle el tanque. Ya el anuncio de una evacuación inminente había sido difundido por todos los medios por lo que las gasolinerías comenzaron a llenarse. Tardé cerca de una hora en hacer cola para llenar el tanque de gasolina. Traté de comprar agua en tres supermercados pero no encontré por ningún lado. El pánico había escalado resultando en una urgencia por llenar las alacenas de víveres no perecederos. En el último supermercado cerca del departamento que alquilo resolví que debía unirme a la histeria colectiva: al no haber agua compré cerveza, un cartón de agua mineral Topochico con 15 botellas, dos bolsas de papas fritas, una caja tamaño familiar de galletas Ritz y un par de latas de frijoles negros. Me comuniqué con B. para que me revelara sus planes. Me dijo que pensaba evacuar después de oír a la gobernadora. El huracán estaría en tierras gringas a partir del jueves y pegaría el viernes por la noche y en la madrugada del sábado. Le propuse que podríamos evacuar juntos, pensé que las niñas podrían sentirse un poco más seguras con los dos padres y podríamos compartir los gastos. Accedió. Un amigo me llamó para decirme que el centro de Charleston había enloquecido y que llevaba una hora y media metido en su coche sin poder avanzar más que medio kilómetro. Me dijo que no sabía si evacuaría pero que se mantendría en contacto. Hice algunas otras llamadas para corroborar los planes de los demás. Mi amigo Eloy me dijo que ellos no sabían aún qué hacer. Era muy temprano para tomar una decisión. Al llamar una vez más a B. le propuse que esperáramos hasta el jueves para salir. Las mujeres resultan ser más precavidas que los hombres. Supongo que ven más el bienestar de su familia que la necesidad de verse involucradas en una aventura que ponga en riesgo la vida de los suyos. Esperamos hasta el miércoles día en que la estrategia de evacuación de la gobernadora daría inicio. Se cerraría el tránsito hacia el este de la autopista interestatal 26 de manera que hubiera 4 carriles en todo el trayecto hasta la capital del estado, Columbia. Al despertar recibí un mensaje de B. a las 6 de la mañana preguntándome si había visto las noticias. Lo hice antes de contestarle. El huracán parecía que había devastado Haití e iba de camino a las Bahamas para seguir una trayectoria de lo más caprichosa. No tocaría tierra pero se iría costeando. Entraría a las inmediaciones de Florida como categoría 4. Todos los modelos señalaban que pasaría por Charleston y que la fuerza estaría en el cuadrante izquierdo. Le pregunté a B. si ya quería salir. Le recomendé una vez más esperar otro día para estar seguros. Hice reservaciones en Charlotte porque en Columbia no había cuartos disponibles. Claramente había más personas en estado de pánico que yo. En el Facebook comenzó a aparecer una serie de fotos de conocidos evacuando, otros que mandaban saludos desde otros estados ya refugiados. Constantemente había actualizaciones que indicaban las rutas y los peligros que habían encontrado a su paso. Volví a checar las trayectorias propuestas por el NHC para corroborar que habían desviado un poco el ojo del huracán hacia la costa. De acuerdo con el modelo y las estimaciones nos llegaría como categoría 2 o 3. Decidí ir a hablar con B. para llegar a un acuerdo acerca del estado de la casa. Cubrir o no las ventanas. B. estaba resuelta en que debíamos evacuar. Le propuse irnos el jueves por la mañana. El miércoles a las tres de la tarde se abrirían las dos carreteras hasta llegar a Columbia. Al llegar a la casa estaban sintonizando el canal del clima. Creo que fue un error entregarme a los medios masivos de comunicación. Transmitían imágenes de una Haití devastada y tenían “meteorólogos” en cada puerto por los que pasaría el huracán. Los meteorólogos estaban vestidos con impermeables y las imágenes que se mostraban era de un mar embravecido. Los animadores mostraban la debacle, el monstruo en camino a devorarnos. No voy a negar que sentí miedo. Repasaban todas las trayectorias posibles, había como unas doce variantes en varios colores. De esas variantes tres impactaban directamente a Charleston. B. tampoco había comprado agua y prácticamente si nos quedábamos todo podría ser destrucción porque no podíamos conseguir agua. No supe qué pensar una vez más. Irnos o quedarnos era una decisión que debía ponderar. “Yo sí evacúo con mis hijas” me soltó como una advertencia. Resolví ir y salir el jueves por la mañana. Me fui a mi casa y corrí 20 kilómetros para aliviar un poco el estrés que ya empezaba a experimentar. El día se comenzaba a nublar y la gente continuaba evacuando. La carretera fluía y la gobernadora emitía conferencia de prensa cada vez más amenazantes: “A las 6 de la tarde del día de hoy jueves del día de hoy se cerrarán los comercios para que la gente evacúe”. Dejó en claro que no habría primeros auxilios y que se suspendía el servicio 911. Todos debían de movilizarse.
Di mi brazo a torcer y me comuniqué con B. para decirle que salíamos en la mañana del jueves. Salimos en un carro rumbo a tierra adentro a las 9 de la mañana con dirección a Charlotte. Hacía un sol magnífico y la tormenta estaba aproximándose a Florida. Estábamos en lo que literalmente era “una calma chicha”. A la salida nos desviaron por el sentido contrario de la autopista. Era una escena calcada de cualquier película de Hollywood. Una vez en la 26 no había manera de salirse sino hasta llegar a la capital del estado. La gobernadora seguía emitiendo conferencias de prensa en las que le pedía a todo el mundo que no se quedara, porque a partir del jueves a las 6 de la tarde, por orden ejecutiva, se cerrarían todas las tiendas para que el personal evacuara con su familia. Nadie que quisiera ayuda de elementos de protección civil la recibiría, volvía a insistir. En tiempo récord de una hora diez cruzamos Columbia y seguimos rumbo a Charlotte.
Pasamos el día buscando qué comer y tratando de calmar el estado de expectación que se había creado por la evacuación masiva. El hotel estaba abarrotado de gente evacuada. Al día siguiente cambiamos de hotel porque solo había encontrado para esa noche. El nuevo estaba localizado en un área de lo que se conoce como los suburbios, a unos metros de un pueblo construido hacía apenas unos cinco años antes. Tenía una calle principal con todas las tiendas que se encuentran en cualquier centro comercial de cualquier parte del país. La novedad era que arriba de los locales comerciales habían construido una serie de departamentos que se rentaban. De manera que vivir ahí era asegurar caminando lugar para comprar cualquier cosa, comer en cualquier lugar y tomar café de Starbucks. La postal del pueblo parecía salida de algo así como Truman Show. Un amigo me telefoneó para ver si aún seguía con vida. Cuando le dije que el lugar era parecido al lugar donde había crecido Jim Carry, me preguntó que si había ya identificado las cortinas. No exactamente fueron las cortinas; fue más bien en los estacionamientos detrás de los comercios donde pude notar todo lo ficticio del asunto. Ese día había comenzado a llover. Tuvimos problemas con la reservación porque aparentemente no existía en el sistema. Nos dieron lo que un paisano de nombre Juan, quien parecía ser el que más sabía de la situación del pequeño hotel donde nos hospedamos, me reveló eran los cuartos de emergencia. Para fortuna nuestra eran un par de habitaciones recientemente renovadas. Saludé a un par de colegas que el destino y el miedo nos había puesto en el mismo hotel. Pasamos la tarde viendo las noticias y rogándole a Dios que el mundo o Dios o el Diablo no terminara con la casa. A la mañana siguiente nos fuimos al pueblo ficticio donde pasamos todo el día. Nos enteramos que el huracán pegaría como categoría dos. Eso significaba, de acuerdo al canal del clima, que nada se destruiría salvo si un árbol le cayera encima o si algún objeto saliera disparado como proyectil. Hacia el domingo recibimos un mensaje de la vecina de enfrente que había decidido quedarse en el que nos revelaba que la casa seguía en pie. El mensaje fue reconfortante y relajó el estado de angustia en el que me encontraba.

Después de eso pensé en el regreso. Los regresos siempre me han preocupado más que las huidas. Todos emprenderíamos la reconquista de los espacios dejados a la buena de Dios. El viaje de regreso no fue tan coordinado como el de salida. Pensé mientras estábamos detenidos en el tráfico que los regresos son una parte del ser humano que tiene que ver más con la felicidad. Sin embargo, también uno regresa a veces a morir, a diferencia de la huida que es para seguir viviendo. Regresar es aceptar que el tiempo de permanecer en otro lado resguardado de la amenaza del monstruo ha quedado sin efecto, sólo que ahora en el regreso habría que pensar en que habría otras amenazas que habíamos suspendido para recomenzar una vez el juego de huir cuando llegue otro peligro y el apocalipsis nos agarre, esta vez, con un generador de corriente, agua y una alacena llena de galletas.