
Fantasías y abominaciones
Los hobbits en veraneo
En los últimos “episodios” que contemplé azorado en compañía de mi hija María y de Berenice –después de todo es un programa clasificación PG—, vimos cómo los enanos abandonaron los cuentos y salieron a tomar la calle y todo un hotel en Miami, Florida para tener una convención y reunirse en pequeños corros de ayuda. Lo especial de éste episodio consistía en que nos mostraba una categoría de enanos que no son enteramente repulsivos, sino más bien “cute”. Son personas que tienden a vivir un periodo muy corto de vida, por lo general no pasan de los 15 años, y el problema que tienen es que son extremadamente chiquitos pero proporcionados, al grado de parecer juguetes. Como este país es el más desarrollado del mundo y eso le da a la gente ciertas ventajas, también tiene la “suerte” de tener la mayor cantidad de individuos de esta naturaleza, por lo que su convivencia es realizada año con año en distintos puntos de veraneo del país. Otra característica interesante es que sólo juntan a lo que hablan inglés por lo que si esta condición existiera en otros países cuya lengua no fuera la inglesa tal vez serían ignorados. Nos presentaron el caso de una niña que vivía en la tierra de la fantasía en donde Peter Jackson escenificó la historia de Tolkien, Nueva Zelandia. Este aire de exotismo espectral le daba a la historia una nota macabra y empática al mismo tiempo. Al final cuando la niña en cuestión tiene 12 años con un cuerpo de 2 y la familia vuela hasta Florida, los padres lloran al encontrarse con otros que han compartido su mismo viacrusis. En este momento una lágrima se deslizó por nuestras mejillas y nos alegramos de que los enanitos también tuvieran amiguitos con quien jugar. Después le tocó el turno a una serie de niños tetones que se hacían cirugía plástica para reducirse el pecho y nos enteramos de los equívocos de un médico que se le pasó la mano y le dejó a un chavito un hoyo en el pecho que al final le avergonzaba más que usar sostén. Por lo regular los casos que presentan plantean problemas médicos salvables para justificar este “freak show” con tintes de investigación científica.
La mata viviente
Cuando ya todo parecía estar dominado por mi curiosidad y repulsión y finalmente había decidido no continuar con el morbo puesto, sucedió el episodio de aquello que anunciaron como el increíble pero verdadero caso del Treeman. Este nombre movió mi curiosidad y al ver la cara de espanto y repulsión que Berenice tenía desde donde empezaba yo a escribir un par de correos, me animé a esforzarme en seguir alimentando mi afectación por esta serie de espectáculos. Debo confesar que el tema de la monstruosidad me emociona sobremanera, especialmente porque mi padre tenía una deformación en la espalda que se le acrecentó con el tiempo y que me amenza de manera genética constantemente incluso en pesadillas (mi madre solía argumentar que todo monstruo era hijo del pecado por lo que ambos, mi padre y yo, resultábamos pecadores por antonomasia).
El Treeman era un tipo al que le había salido corteza en las manos y en los pies y culpaba con resigniación a Alá por su condición de planta (tal vez mi madre tenga razón). En la cara también le empezaban a brotar ramas para ocultar sus facciones humanas; estaba en un proceso de transformación, mejor dicho, de descomposición antropomorfa que lo situaría como un verdadero árbol viviente. Mi referencia más radical venía de la escena de la película “The Death Poets Society” cuando el ahora amigo oncólogo del doctor House salía actuando como árbol para después suicidarse. La otra mucho más amistosa también pertenece al terreno de la misma fantasía de Jackson en la secuela del Señor de los Anillos, en aquel bosque encantado donde los árboles hablaban y caminaban. Por esta razón no sabía qué esperar dentro del terreno espectral. Este Treeman vivía en una provincia de las islas de Indonesia, cerca de Yakarta, perdido entre los casi 300 millones de indonesios musulmanes que las habitan. El caso en realidad había sido ventilado por un médico gringo de la Universidad de Maryland que estaba, además de fascinado por la naturaleza de este monstruo, determinado a curarlo. Lo había descubierto por accidente cuando decidió veranear en aquellas islas y vio un letrero en donde presentaban el espectáculo del hombre árbol. Vio en el póster unas fotos que lo sedujeron porque, en efecto, aquello parecía ser absolutamente real. Según nos comenta el médico gringo la deformación sorprendente había sido provocada por un virus del papiloma humano que acabó deformándole la piel. Las verrugas que tenía se le habían transformado en ramificaciones que salían de los brazos y seguían 40 centímetros más allá de las manos que ya ni se podían adivinar. El freak no podía hacer nada por sí mismo y estaba atenido a que sus familiares le hicieran todo, desde alimentarlo hasta limpiarle el culo. El incidente excedió los límites de la ciencia para instalarse en los dominios de la seguridad nacional indonesa. Eso demostró que cuando se trata de reparar monstruosidades e imponer estéticas sólo hace falta que Estados Unidos se inmiscuya para que los gobiernos locales traten de demostrar que su gente es una idea que hay que proteger y rescatar a toda costa. Actitudes siempre que sirven para demostrarles a los gringos que en el tercermundo también se les da lugar a sus aberraciones genéticas (y no me refiero a no ser blanco, que engendra per se un nivel de deficiencia).
El programa luego reveló una lucha entre en las naciones y las dos instituciones, amén de una serie de cirugías que pretendían reestablecer la figura humana del, ya de suyo, desmejorado indonés. La operación que los orientales hicieron en contra de la opinión gringa consistió básicamente en un podado fino a base de una sierra eléctrica miniaturizada, repartido en varias sesiones que forzaron al hombre mata a estar en el hospital del tercer mundo por espacio de 6 meses, con todos los gastos pagados. Dentro de esa estancia el Treeman se convirtió en un fenómeno mediático al grado de instituirse un club de admiradoras, y promesas de bodas para cuando recobrara el uso de sus manos y su cara quedara libre de cortezas. La cadena de televisión nacional transmitió en vivo el acto de jardinería científica y la compañía telefónica le regaló un aparato 3G para que se comunicara sabrá Dios con quién, porque la aldea en donde vivía su familiares, según se adivinaba en las tomas, no tenía ni corriente eléctrica ni agua entubada. Al final el gringo no pudo imponer su “tratamiento” y los indoneses se salieron con la suya. Las ramas, según el angloparlante, le volverían a crecer pronto porque los médicos indoneses sólo habían reparado el problema estéticamente y no lo habían atacado de raíz (literal-literal). Juró que lo llamarían para que pudiera hacer un tratamiento radiactivo con el pobre indonesio y ver si sus teorías a la X-Men podían ser comprobadas, aprovechando la desregulación de los experimentos en humanos fuera de Estados Unidos (que ya no lo son). Prometieron que el próximo otoño, cuando los árboles se deshojaran, tendríamos la secuela del “Empire Strikes Back: The incredible case of the unrecovered Treeman”; para entonces espero que la cadena que transmite "Heroes" ya se haya apropiado de los derechos para hacerlo más anglosajón y con una manipulación más versátil de su propia condena.
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