Los perros de la decepción Leí por primera vez a Rulfo cuando tenía 19 años. Me topé con él más por azar que por un sentido programático en mis lecturas aleatorias y desordenadas. Alguien lo había dejado abandonado en el cuarto de atrás de la casa de mi tía en el Esterito en La Paz. Al buscar privacidad para ir al baño lo tomé al paso (ese baño era el único que podía cerrarse con llave y en la casa sólo había dos para once gentes). Eran sus cuentos. Lo abrí al azar y decidí leer “No oyes ladrar los perros”. Mi decisión se vio reafirmada por esta fobia canina que no me he podido quitar en cuarenta años. Pensé que como Batman había confrontado sus miedos entregándose a su nahual yo podría empezar de alguna manera explorando lo que alguien podía decir sobre perros que ladraban. Los diálogos me parecieron ingeniosos y siempre leí el cuento desde la perspectiva del hijo. La del padre me había parecido ajena. Ahora...
Blog dedicado a la reflexión y descripción teórica del mundo cómico-mágico-musical de Raúl Carrillo Arciniega