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Tragedia en Charleston

Alguna vez había escrito que presentía que había algo haciéndome llegar tarde a todo acontecimiento importante del mundo. Ahora la historia me presenta la oportunidad de estar en el centro de una de las infamias más grandes de este país en el que he decidido vivir. El asesinato de nueve afroamericanos en la iglesia AME a manos de un homicida portador de una ideología de supremasismo blanco confederado. Sus víctimas, según revela la prensa, fueron escogidas con premeditación y con un alto sentido simbólico. Dos días después se descubrió que el tipo era parte de un grupo supremasista y que comulgaba con el ideal genocida de eliminar a todos los que no fueran blancos, autonombrándose casi como mártir de la limpieza racial. El símbolo para ello ha sido la bandera confederada que ahora está en la mesa de discusión, más, lamento decirlo, por ser año electoral que por otra cosa. La suástica nazi y la bandera confederada tienen un nivel semántico de igual ...

La inminencia del aplauso o la revolución sí será televisada

Uno de los primeros en demandar aplausos fue el comediante Memo Ríos que al terminar cada uno de sus sketches en verso los pedía como fase transicional de uno a otro. Era una especie de válvula de escape que se filtraba después de la presión de contar un mal chiste. Desde entonces pedir aplausos inmerecidos ha sido una costumbre de quienes detentan el poder. Lo que más llama la atención no es que los medios de comunicación ya no aplaudan, sino que el que los necesita los pida de manera pasiva agresiva. Tal vez ahí radique la novedad del aplauso inmerecido, su demanda, su ausencia, su nostalgia. Peña Nieto, como entidad risible en la que se ha convertido, ostenta la necesidad de ser nutrido por el aplauso de otros que nunca han tenido conciencia ética porque nunca había hecho falta. Como argumentan algunos medios internacionales, Peña Nieto no se entera que no se entera, Videgaray se entera pero no le importa porque finalmente sólo juegan con el marcador legal, con la parte q...
Los límites del control Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, dijo una vez Gadamer en 1970. Si consideramos lenguaje como algo abstracto podríamos decir que el hombre, el ser humano, debe tener un sistema de expresión para vincularse con el mundo externo y ese mundo externo es en realidad un mundo interno. Entonces la vinculación con el mundo es una vinculación con uno mismo. Cómo hablarse, cómo dirigirse a cada quien para que las cosas, esas que percibimos, se transformen en instrumentos significativos para cada quien. Escribir pues es recorrerse, explorar el mundo interior para clarificar el exterior. Pero más importante que escribir es leer para así leerse. Sé que en este tiempo mexicano tan convulso hablar de arte y de literatura sin mirar el mundo exterior sólo podría conducir al narcisismo cultural, a un somos mejores que aquellos que no lo hacen. Este cuestionamiento que es más bien ético tendría que validarse de formas distintas y mecanismo que constr...

Talking Dead

Desde que se experimentó el horror de las masacres de la segunda guerra mundial y se mostró cómo el odio podía ser vinculado con la política, hemos tenido que preguntarnos como sociedad hacia dónde vamos. Qué clase de futuro tenemos enfrente. En una de las TED talks un fulano argumenta con algún soporte factual que la violencia en el mundo moderno ha disminuido, lo que ha cambiado es nuestra percepción y nuestro acceso a la información sobre ella. Esto podría ser cierto a nivel global donde las muertes por violencia han tomado otros matices y otras carices y se han contabilizado de otra manera o han sufrido el maquillaje político para minimizarlas. En México la percepción de la violencia ha salido de control. Ha tenido un estallido de proporciones mediáticas nunca antes visto. Los medios de comunicación masiva, pero sobre todo el internet y las redes sociales, han servido para que esa percepción de la violencia nos haga sentir su presencia en cualquier lugar al qu...
Los perros de la decepción             Leí por primera vez a Rulfo cuando tenía 19 años. Me topé con él más por azar que por un sentido programático en mis lecturas aleatorias y desordenadas. Alguien lo había dejado abandonado en el cuarto de atrás de la casa de mi tía en el Esterito en La Paz. Al buscar privacidad para ir al baño lo tomé al paso (ese baño era el único que podía cerrarse con llave y en la casa sólo había dos para once gentes). Eran sus cuentos. Lo abrí al azar y decidí leer “No oyes ladrar los perros”. Mi decisión se vio reafirmada por esta fobia canina que no me he podido quitar en cuarenta años. Pensé que como Batman había confrontado sus miedos entregándose a su nahual yo podría empezar de alguna manera explorando lo que alguien podía decir sobre perros que ladraban. Los diálogos me parecieron ingeniosos y siempre leí el cuento desde la perspectiva del hijo. La del padre me había parecido ajena. Ahora...