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Piedra de sacrificios Mis hermanas me dicen que mi madre miente, que está paranoica porque dice que sus vecinos son narcos. Dice que la espían y que le quieren robar su casa y entrar a llevarse lo poco que queda y con ello llevarse el honor de la familia, porque nosotros sí somos de buena familia y ellos sólo tienen un dinero que nos han robado. Mi madre, que todo lo predice desde su paranoia acertada, nos ha quitado el pensamiento maniqueo de pensar que los delincuentes viven en zonas marginadas de la sociedad para regresar donde está la buena gente, los buenos, a cometer sus fechorías. Hace más o menos seis meses un operativo puso tras algún tipo de rejas, que esperamos sean las correctas, a uno de los ayudantes de aparente peso específico del cártel de Sinaloa. Mi hermana menor entre escandalizada y con una risa incrédula me dijo que lo habían aprendido en el Fraccionamiento de Fidepaz y que además era conocido como el ingeniero X. Mi escándalo derivó en certeza de...
El divinal auto de las llantas ponchadas Hace dos días el coche despertó con una ponchadura. Era una mañana extraordinaria de verano. La humedad no había subido y B. se disponía a salir por las vituallas de la quincena. Yo alentado por el día y el fresco de la mañana me propuse arreglar la bicicleta de Cami, responsabilidad que había dejado para cuando pudiera recobrar de mis archivos infantiles cómo se desponchaba. Había algo en el día que me motivaba a ser útil, cuando menos para mi familia. La voz de María me llegó desde el frente con un grito que sonaba a un holocausto acompañado de un “papiiiii...” Pensé que serían las ganas de María porque algo ocurriera para sacarnos de nuestro ritmo pausado de vida veraniega. Decidí seguirle el juego y respondí desde atrás con un ¿qué? que sonaba más bien a indignación por descubrir que lo que me pediría habría sido algo baladí. “El carro tiene una llanta ponchada” salió su voz desde un costado de la casa por donde había salido con cara de “¡es...
La redes del poder: Obama y yo Tengo pocos amigos y los pocos que me quedan ya me hablan poco; tal vez me gustaría tener un millón de amigos pero creo que no sabría cómo demostrarles que me importan. Ya aquellas épocas en que mi madre decía que yo era muy amiguero han quedado difuminadas en mi mente y siempre he creído que exageraba porque no quería ver que en realidad yo era muy antisocial. Se sorprendió mucho al llegar a recogerme una vez cuando estaba en la primaria particular Simón Bolívar, porque un niño, cuyo nombre he olvidado, me dijo “¡Nos vemos Carisma!” Mi madre lo tomó como la verbalización de una cualidad innata de su hijo para tener carisma con la gente y llegar a ser presidente de la república. En aquella ocasión el niño que me llamó de esa manera lo hizo porque mientras jugábamos “spiro” yo cantaba en voz alta el éxito de “Kiss” cuyos coros había oído en el radio mientras el chofer me dejaba en la escuela esa misma mañana. Éstos rezaban “Car...
Albercas Ser padre moderno es sinónimo de sacrificio. La propia sociedad impone un sinnúmero de avatares (en el sentido real del término) por los que los padres comprometidos con sus hijos deben pasar, casi como una especie de iniciación a la inversa. Como parte de ese ritual y preocupación se encuentra cuidar de los hijos para que tengan una infancia “equilibrada”; llena de todas las oportunidades que en realidad les hubiera gustado tener a los padres y que los hijos siempre desprecian porque sólo las padecen. En esta línea de pretensiones fue que por segundo año hemos metido a nuestras hijas a un circuito de natación del condado de Hazard, para citar un referente de ondón. Desde hace un mes y medio mis hijas se han sometido a un intenso entrenamiento físico para competir con otros niños, la gran mayoría gordos, y adolescentes superdesarrollados por las hormonas que consumen en la leche. Eso que en apariencia suena de lo más normal para aquellos que han tenido una infancia col...
Handle with care... La masculinidad es una de las cosas más frágiles del universo. Es más volátil que el alcohol de 96 grados, tan frágil como la posibilidad de ser emasculado una noche por algunos aliens sin ni siquiera decir esta boca es mía, o más factible, en una fiesta por una mujer despechada . Para entender tremendo dilema habría que remontarse al proceso evolutivo del primate donde la incertidumbre y el miedo es todo lo que llena su horizonte. Lo que más cuenta en el estatus de la tribu es la mezcla, la posibilidad de procreación y con ella el goce que se puede generar de semejante encuentro. Esparcir la simiente para poblar el mundo resulta ser una de las necesidades primordiales de todo hombre. Dentro de este momento de lucimiento primate hay que reconocer el afán de lograr colocar a la contraparte en una posición de sometimiento más para lucimiento hacia los otros y para franco orgullo procreador. Así la masculinidad sólo tiene sentido para el hombre frente a los otros hombr...
Para no morir en el intento La historia de la literatura mexicana, y quizá de la hispanomericana, carece de todo un aparataje industrial que la alimente, es decir, que la profesionalice. En México no se puede enviar un manuscrito a nadie para ser considerado como publicación, salvo que seas de los afortunados en conocer a los tres que parten el queso en las instituciones públicas, ya sea en la UNAM, en el Conaculta o en el Fondo de Cultura Económica. Si careces de semejante roce social es probable que continúes tan inédito como siempre soñaste ser cuando tenías 19 años y te sentías poeta maldito y bien contracultural. Para llegar a las zonas privadas de la cultura mexicana es menester también contar con una habilidad para la plática de salón que está dada, esa sí, por una situación de rancio abolengo y de familia literaria, como varias veces lo ha declarado uno de ellos, en el que descansa la crítica literaria mexicana, Christopher Domínguez. Ese grupo más bien limitado tampoco recibe ...
Historias encontradas Crecer dentro del México de los sesenta era experimentar una serie de infortunios con los que las nuevas generaciones ya no cuentan. Para B. y para mí, ir al cine aún significa salir de paseo, entregarnos a una diversión que tendría que coronarse con alguna degustación de un postre al salir o cuando menos tratar de encontrar lo especial del día en que fuimos llevados al cine. Recuerdo la primera de las películas que fui a ver a un cine que semejaba un castillo en la colonia del Valle. Fui con la sirvienta y el chofer, ellos en clara salida romántica y yo como buen hijo de la servidumbre. El cine estaba adornado con motivos de Disney y sus personajes; era muy común llegar antes de que empezara la película para salir corriendo hacia el frente de la pantalla a tirar patadas voladoras o tratar de golpear a un niño menor que tú. Lo hice durante todas la incursiones al cine y creo que nunca salí golpeado o al borde del llanto. Recuerdo también haber visto e...