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Albercas Ser padre moderno es sinónimo de sacrificio. La propia sociedad impone un sinnúmero de avatares (en el sentido real del término) por los que los padres comprometidos con sus hijos deben pasar, casi como una especie de iniciación a la inversa. Como parte de ese ritual y preocupación se encuentra cuidar de los hijos para que tengan una infancia “equilibrada”; llena de todas las oportunidades que en realidad les hubiera gustado tener a los padres y que los hijos siempre desprecian porque sólo las padecen. En esta línea de pretensiones fue que por segundo año hemos metido a nuestras hijas a un circuito de natación del condado de Hazard, para citar un referente de ondón. Desde hace un mes y medio mis hijas se han sometido a un intenso entrenamiento físico para competir con otros niños, la gran mayoría gordos, y adolescentes superdesarrollados por las hormonas que consumen en la leche. Eso que en apariencia suena de lo más normal para aquellos que han tenido una infancia col...
Handle with care... La masculinidad es una de las cosas más frágiles del universo. Es más volátil que el alcohol de 96 grados, tan frágil como la posibilidad de ser emasculado una noche por algunos aliens sin ni siquiera decir esta boca es mía, o más factible, en una fiesta por una mujer despechada . Para entender tremendo dilema habría que remontarse al proceso evolutivo del primate donde la incertidumbre y el miedo es todo lo que llena su horizonte. Lo que más cuenta en el estatus de la tribu es la mezcla, la posibilidad de procreación y con ella el goce que se puede generar de semejante encuentro. Esparcir la simiente para poblar el mundo resulta ser una de las necesidades primordiales de todo hombre. Dentro de este momento de lucimiento primate hay que reconocer el afán de lograr colocar a la contraparte en una posición de sometimiento más para lucimiento hacia los otros y para franco orgullo procreador. Así la masculinidad sólo tiene sentido para el hombre frente a los otros hombr...
Para no morir en el intento La historia de la literatura mexicana, y quizá de la hispanomericana, carece de todo un aparataje industrial que la alimente, es decir, que la profesionalice. En México no se puede enviar un manuscrito a nadie para ser considerado como publicación, salvo que seas de los afortunados en conocer a los tres que parten el queso en las instituciones públicas, ya sea en la UNAM, en el Conaculta o en el Fondo de Cultura Económica. Si careces de semejante roce social es probable que continúes tan inédito como siempre soñaste ser cuando tenías 19 años y te sentías poeta maldito y bien contracultural. Para llegar a las zonas privadas de la cultura mexicana es menester también contar con una habilidad para la plática de salón que está dada, esa sí, por una situación de rancio abolengo y de familia literaria, como varias veces lo ha declarado uno de ellos, en el que descansa la crítica literaria mexicana, Christopher Domínguez. Ese grupo más bien limitado tampoco recibe ...
Historias encontradas Crecer dentro del México de los sesenta era experimentar una serie de infortunios con los que las nuevas generaciones ya no cuentan. Para B. y para mí, ir al cine aún significa salir de paseo, entregarnos a una diversión que tendría que coronarse con alguna degustación de un postre al salir o cuando menos tratar de encontrar lo especial del día en que fuimos llevados al cine. Recuerdo la primera de las películas que fui a ver a un cine que semejaba un castillo en la colonia del Valle. Fui con la sirvienta y el chofer, ellos en clara salida romántica y yo como buen hijo de la servidumbre. El cine estaba adornado con motivos de Disney y sus personajes; era muy común llegar antes de que empezara la película para salir corriendo hacia el frente de la pantalla a tirar patadas voladoras o tratar de golpear a un niño menor que tú. Lo hice durante todas la incursiones al cine y creo que nunca salí golpeado o al borde del llanto. Recuerdo también haber visto e...
Disturbing Interludio Y ahora que me busco, que escucho cómo la voz me habla, que la vacío, que la encierro y después la nublo y hasta la amordazo para que no pronuncie palabra, para que muda se quede, para que dentro de su confusión se estacione, levite en el vacío de un lenguaje que desconoce, porque yo soy el mundo, la totalidad de mis días, el temor de las horas , el mundo que empieza y acaba en mí , el mundo que llevo encima como una piel, pegado, como una risa oculta en las palabras, un mundo del cual yo soy el centro, un mundo donde mudo me aligero, donde mentido acabo en mi lengua retorcido, retorcido me encuentro he dicho, he dicho más cosas y he dicho que acabo con mi lengua llorando, con mi lengua deshecho acabo, contrahecho, malformado, esquelético arrastrando una voz como si fuera un cuerpo que no es mío, doblado, ocultando una voz que fue odio algún tiempo, un movimiento en el aire, tal vez una estocada precisa en el centro de mí mismo, en el universo entero de este cuart...
En tierra de zombies En los años noventa cuando tuve la mayoría de mi formación intelectualosa y sentimental, las películas de Hollywood me eran siempre desdeñables y más que eso, llegaba a juzgar la calidad moral de quienes las veían y se abstraían en una realidad ajena a la suya para vitorear y corear una lengua y una realidad que no eran la suya. Ahora después de casi diez años de estar en Estados Unidos los contenidos hollywoodenses me parecen cada día más cercanos. El hecho de tener hijas nutriéndose de él me ha convertido en alguien mucho más receptivo a sus producciones y sobre todo a sus motivaciones. Aún me siento como extranjero, porque lo soy, y outsider, porque nunca lo he dejado de ser, pero creo poder establecer puentes y conexiones mentales para poder llegar a entender su mundo. Como mi vida siempre ha estado marcada por la ausencia y la huida he tratado de reflexionar sobre el desplazamiento que la motiva. Hasta hace poco creía que ir de lugar en lugar e...
¿Y ahora quién podrá rescatarnos? Hace algún tiempo me propuse escribir sobre lo errático del término de las generaciones. Desde que estamos en este mundo como especie, no hemos podido desmarcarnos de ningún término y menos de la posibilidad de diferenciarnos de los demás. En un principio la identificación con la Generación X de los noventas parecía ser sensata para describir a un adulto contemporáneo que rondaba en los veintes y se acercaba inminentemente al fin de siglo completamente angustiado. Ya he apuntado antes cómo este término no ha podido ser feliz para describir la realidad de mis contemporáneos que experimentábamos tremenda ansiedad cuando tratábamos de situarnos en la vida con algún plan que nos resolviera, si no la vida, sí nuestra posición en ella, en pocas palabras la papita de todos los días. Desgraciadamente son pocos los que hasta ahora se pueden jactar de que están en la vida bien situados, incluso el repudio a un trabajo (o mejor dicho la falta...